Reconstruyendo mi valor personal

Yujin Kim, Nueva Zelanda
Una mujer mayor con su hija en una hermosa playa.
Yujin Kim (derecha) con su madre [Foto cortesía de Yujin Kim]

Tras ser diagnosticada de lupus y después de experimentar dolorosos cambios en su vida, Yujin Kim sintió que todo lo que había construido se le estaba escapando de las manos. Gracias a su perseverancia y al apoyo de su comunidad de la Soka Gakkai, encontró el valor para reconstruir su vida, con mayor fortaleza y compasión.

En 2020, mi vida cambió drásticamente cuando me diagnosticaron lupus. Durante años, había estado experimentando fatiga extrema, dolor en las articulaciones y en el cuerpo, pero no había podido identificar la causa.

El lupus es una dolencia invisible: quienes lo padecen, por fuera aparentan estar bien, pero por dentro están librando una batalla constante. Es una enfermedad autoinmune, esto significa que mi propio sistema inmunológico, que debería protegerme, ataca mi cuerpo, provocando inflamación y el riesgo de que se dañen articulaciones y órganos como la piel, los riñones y el corazón.

El lupus es una dolencia invisible: quienes lo padecen, por fuera aparentan estar bien.

Además, es impredecible: un día puedo sentirme bien y, al día siguiente, estar muy mal o completamente sin energía. Y como no tiene cura, controlar el lupus implica un tratamiento continuo, un seguimiento constante y aprender a vivir con la incertidumbre.

Poco después de que me diagnosticaran, se terminó una relación sentimental de seis años y comenzó el confinamiento por el COVID. Además, no estaba contenta con mi trabajo. Me habían contratado como ingeniera de programas, pero me encontré gestionando también múltiples proyectos informáticos.

Luchar contra el desprecio hacia mí misma

Sentía que mi vida se derrumbaba. No solo vivía con una enfermedad crónica, sino que, además, tenía el corazón roto por el fin de mi relación y, en el trabajo, la presión me estaba llevando al límite.

Ahí fue cuando comenzó mi verdadera lucha interior.

Empecé a odiarlo todo: mi trabajo, el entorno, incluso las decisiones que había tomado. Pero, sobre todo, me odiaba a mí misma.

Por primera vez en la vida, no podía valorarme a mí misma, y fue horrible.

Antes tenía claro lo que quería. Asumía toda la responsabilidad de mis decisiones y vivía sin remordimientos. Pero durante ese periodo, empecé a cuestionarlo todo. ¿Y si nunca me hubiese mudado a Nueva Zelanda estaría ahora mejor de salud?, ¿y si nunca hubiera tenido esa relación?, ¿y si hubiera dejado mi trabajo antes?

Lo más doloroso fue perder la seguridad en mí misma. No era culpa de nadie, pero como yo había tomado esas decisiones, sentía que todo era culpa mía. Mi confianza se desmoronó y mi autoestima quedó por los suelos.

Por primera vez en la vida, no podía valorarme a mí misma, y fue horrible.

«Respetémonos y valorémonos a nosotros mismos»

Recitar Nam-myoho-renge-kyo me ayudó a mantener la compostura y a resistir cada día. Eso no era vivir; era sobrevivir.

Me abrí a otros miembros de la Soka Gakkai y les conté todo lo que había perdido y lo mucho que luchaba contra el odio hacia mí misma. Me respondieron con un sincero aliento, diciéndome que era una persona maravillosa y extraordinaria, que todos somos budas, dignos de respeto. «Respetémonos y valorémonos a nosotros mismos», me dijeron.

Cuatro mujeres de pie juntas frente a una reja decorada.
En el nuevo centro Whare Soka Buddha, en Wellington, con miembros del departamento de mujeres [Foto cortesía de Yujin Kim]

Anoté estas palabras de aliento y cada día recité Nam-myoho-renge-kyo con ellas delante. Me repetí una y otra vez: «Sí, soy un buda. Tengo un valor inconmensurable».

El progreso fue lento y doloroso, pero orar de forma cotidiana, junto con el aliento de los miembros, me ayudaron a recuperar mi valor y sabiduría incluso en medio de la oscuridad.

Una decisión difícil

Justo cuando empezaba a reconstruirme, recibí la devastadora noticia de que a mi madre le habían diagnosticado cáncer gástrico en estadio II. Ya se había programado la cirugía para extirparle una parte del estómago.

Mi familia se opuso a que regresara a casa en Corea del Sur porque mi sistema inmunológico debilitado y la medicación inmunosupresora me hacían extremadamente vulnerable a las infecciones. Además, los estrictos protocolos contra el COVID-19 en el hospital impedían las visitas familiares. Aunque hubiese ido, no habría podido cuidar a mi madre en persona. Teniendo en cuenta esta realidad, tomé la difícil decisión de no viajar.

Otra vez, me sentía completamente impotente. Estaba desesperada por apoyar a mi madre, por cogerle la mano, o simplemente estar ahí, pero no pude.

Justo un día antes de la operación, el médico decidió extirparle a mi madre todo el estómago en lugar de solo una parte. La intervención se estaba convirtiendo en algo mucho más complejo de lo previsto. El día de la operación, oré sin cesar hasta que terminó. Fueron las horas más dolorosas de mi vida.

Otra vez, me sentía completamente impotente. Estaba desesperada por apoyar a mi madre, por cogerle la mano, o simplemente estar ahí, pero no pude. Sentí que había fallado como hija y me odié a mí misma por no ser capaz de proteger a la persona que siempre me había protegido.

La culpa era aplastante y no podía dejar de acusarme a mí misma.

Mi lucha bajo una nueva mirada

Durante este difícil momento, una cita del presidente Daisaku Ikeda me impactó profundamente:

«Sin haber llorado, no se puede reír de verdad; sin haber sufrido, no se puede saborear la verdadera felicidad. Estoy seguro de que a veces, en medio de alguna dificultad, piensa: “¿Por qué yo?”. Pero esa es su oportunidad para cumplir la misión que ha elegido».

Sus palabras despertaron algo en mí. Quizás este sufrimiento no era solo una desgracia fortuita, sino una oportunidad para desarrollar la fuerza y la sabiduría que necesitaría en mi vida, mi misión única. Desde esta perspectiva, fui capaz de ver mis desafíos no como un castigo, sino como una oportunidad para realizar un profundo crecimiento y transformar el karma.

Fui capaz de ver mis desafíos no como un castigo, sino como una oportunidad para realizar un profundo crecimiento y transformar el karma.

No tenía idea de cómo generar un cambio positivo en mi vida, pero gracias a la recitación de Nam-myoho-renge-kyo, la respuesta se hizo evidente: debía centrarme en lo que sí podía transformar con mi esfuerzo. Con esa claridad, decidí reencauzar mi trayectoria profesional y volver a la ingeniería de programas.

Sin embargo, tenía la autoestima tan baja que ni siquiera me atrevía a actualizar mi currículum. Entoné Nam-myoho-renge-kyo con el objetivo claro de manifestar el coraje para solicitar nuevos puestos de trabajo, unirme a un equipo que apoyara mi crecimiento y desarrollo, trabajar con buenas personas y ver progresos antes del 18 de noviembre (día de la fundación de la Soka Gakkai), que, para mí, como miembro de la Soka Gakkai, es una fecha significativa.

También me comprometí a estudiar nuevas tecnologías durante dos horas cada tarde después de mi trabajo a tiempo completo. Lo hice durante ocho meses mientras lidiaba con la enfermedad crónica. Hubo muchas noches en las que quise rendirme, pero perseveré. Sabía que no existían los atajos.

En noviembre, por fin empecé a solicitar puestos de trabajo y recibí una oferta a finales del mes.

Fortalecida por el apoyo

A lo largo de este viaje, el apoyo de mis compañeros de la Soka Gakkai fue mi base. Cuando yo no podía creer en mí, lo hacían ellos. Cuando mi voz era demasiado débil para orar, ellos recitaban a mi lado. Su aliento no eran solo palabras amables, era su corazón en acción. Percibí su sincero deseo de que fuera feliz y venciera sobre mi situación. Sin su apoyo sincero, sus llamadas y sus mensajes, no habría encontrado el valor para afrontar cada nuevo día durante los momentos difíciles.

Seis personas sentadas en un banco disfrutando de un picnic.
En un picnic con miembros de la región de Waitakere [Foto cortesía de Yujin Kim]

Con el tiempo, mi madre se recuperó y ahora se encuentra bien. Incluso pudimos hacer un viaje juntas por Corea del Sur, algo que no habría podido imaginar durante su enfermedad.

Mi nuevo lugar de trabajo ha resultado ser un entorno fantástico para mí. Está lleno de personas increíbles, con gran experiencia que, además, me apoyan mucho. Estoy aprendiendo muchísimo de mis compañeros y de su forma de poner a las personas en el centro. En los últimos tres años, he crecido mucho en el sector tecnológico, he recibido varios ascensos y he encontrado verdadera satisfacción en lo que hago cada día.

En 2024, recibí la gran noticia de que había sido seleccionada como finalista para un programa de premios tecnológicos que reconoce a las mujeres en este campo. Fue una gran sorpresa. La organización apoya el crecimiento de las mujeres en el sector tecnológico a través del desarrollo profesional, la mentoría y la creación de redes. Ser nominada por mi lugar de trabajo y elegida finalista fue muy significativo para mí. Finalmente, gané el premio en mi categoría.

Una nueva forma de apreciar la vida

Dos amigas se dan la mano al comienzo de un amplio sendero.
Yujin (a la izquierda) con su amiga en el Long Walk, camino que conduce al castillo de Windsor, Reino Unido [Foto cortesía de Yujin Kim]

Al echar la vista atrás a estos últimos años, me doy cuenta de lo mucho que he luchado y también de lo lejos que he llegado.

A través de mis dificultades, he llegado a comprender profundamente el peso de vivir con una enfermedad crónica, no solo los síntomas, sino también la incertidumbre constante, el dolor y la carga emocional. Asimismo me he vuelto más empática hacia quienes se enfrentan a dificultades familiares o a carreras profesionales inciertas, situaciones que antes no podía comprender del todo.

Hoy en día, sigo luchando contra mi enfermedad, pero he desarrollado una relación diferente con ella. En lugar de verla como mi enemiga, la reconozco como parte de mi camino, que me enseña a ser paciente, a cuidar de mi salud y a apreciar de verdad el hecho de poder vivir un día normal.

Adaptado de la edición de julio de 2025 de Buddhism in Focus, SGINZ.