Forjando una fuerza espiritual invencible

por Jim Richards, Estados Unidos
Jim Richards con sus hijos
Jim Richards (en el centro) con sus hijos (desde la izquierda) Zoë, Orchid, Zenith and Orpheus [© Marc Giannavola]

Jim Richards cuenta cómo su lucha contra la distrofia muscular le hizo despertar un fuerte sentido de propósito y fortaleció su determinación de vivir la vida al máximo.

En los años 80, fui parte de una acrobacia gimnástica en una actividad de gran escala de la SGI-USA. Formamos una pirámide humana sobre patines, y yo me situaba en el nivel inferior. El peso aparentemente insoportable sobre mí hacía querer rendirme, pero no podía defraudar a mis amigos que estaban sobre mí. De algún modo, encontré la fuerza interior. Esto se convertiría en la fórmula para mi éxito en los años posteriores.

En 1993, de forma repentina comencé a experimentar pérdidas de fuerza para realizar tareas comunes. A esto le siguieron pruebas y tratamientos incorrectos durante unos 15 años, así como operaciones, biopsias hepáticas y descargas eléctricas en los músculos. Finalmente, en 2009, me diagnosticaron distrofia muscular, lo que causa debilidad y atrofia muscular progresiva.

Como padre de cuatro hijos, el simple gesto de abrazarlos podía hacer que perdiera el equilibrio y causar una caída. Si el viento soplaba demasiado fuerte, no podía caminar. Recuerdo ir a los sitios y no ser capaz de sentarme porque hubiera sido demasiado duro volver a levantarme. Dondequiera que fuera, me encontraba preso del miedo.

Antes de que me diagnosticaran, había estado entonando Nam-myoho-renge-kyo para que el problema simplemente desapareciera. Pero ahora me encontraba enfrentando una enfermedad que no tenía cura. ¿Cómo podía orar sobre esta nueva realidad?

Como aquella pirámide humana que soporté sobre mis hombros, la carga de mi enfermedad era pesada. Pero busqué en lo profundo de mí para encontrar la determinación, la esperanza y el coraje para seguir adelante, no solo por mí, sino por mi familia, mis compañeros de la Soka Gakkai y mis alumnos.

Cuando me propusieron una responsabilidad dentro de la organización, confiándome el compromiso de apoyar a los demás, comencé a experimentar momentos de alegría a través de maravillosas reuniones y visitas a compañeros miembros. Me alentaba mucho ver que mis amigos se animaban a practicar o cuando las personas que una vez necesitaron aliento ahora estaban alentando a los demás.

Mi enfermedad fue como un severo profesor que hizo despertar en mí el sentido de propósito en la vida.

Mi enfermedad fue como un severo profesor que hizo despertar en mí el sentido de propósito en la vida.

Nichiren escribe: “Nam-myoho-renge-kyo es como el rugido de un león. Por lo tanto, ¿qué enfermedad puede ser un obstáculo?”. Armándome de confianza en el poder de la entonación de Nam-myoho-renge-kyo, determiné no permitir ningún giro de acontecimientos o empeoramiento de mi condición que afectase a mi felicidad. Estaba decidido a vivir una vida plena pase lo que pase.

Algunos días aún me levanto con desánimo, pero he aprendido en los escritos de Daisaku Ikeda que la esperanza es siempre una decisión. Dice: “… las enfermedades pueden motivarnos a observar la propia vida, a reflexionar sobre la existencia y sobre nuestra forma de vivir. En la lucha contra las dolencias de todo tipo, podemos comprender mucho más la naturaleza de la vida y establecer una fortaleza espiritual invencible”. Al comprender esto, soy capaz de liberarme de la negatividad y volver a centrarme cada vez en mí.

En el trabajo, he ganado la confianza de mis compañeros en un colegio internacional riguroso, donde he enseñado cursos de arte a jóvenes durante unos 25 años. Desde la aparición de mi enfermedad, he faltado menos de diez días a mi trabajo.

En mi familia, mis cuatro hijos actualmente se están desarrollando como jóvenes adultos en sus carreras como fotógrafo, emprendedor, diseñador de moda y periodista. Para mi sorpresa y agrado, recientemente se encontraron para orar y compartir por lo que cada uno se estaba desafiando en su vida. Como padre, esto es lo que más feliz me hace.

También me esfuerzo cada día como responsable de mi organización budista local.

Después de enseñar durante más de dos décadas, sentí que algo nuevo se movía dentro de mí. A medida que oraba para embarcarme en un nuevo reto, mi colegio me ofreció una bonificación generosa para jubilarme a finales del año escolar. Ahora tengo la oportunidad de dedicar mi tiempo a pintar mis propias obras, ¡un sueño de hace mucho tiempo!

En 2019, celebré mi 70 cumpleaños. Soy feliz, saludable, indomable, rodeado de mis valiosos amigos y familia, y lleno de espíritu juvenil. Estoy impaciente por comenzar mi próxima aventura.

[Adaptado de un artículo del 8 de marzo de 2019 en el World Tribune, SGI-USA].