Superar el dolor tras perder a mi hijo

por Pamela Plummer, EE. UU.
Una mujer de pie al aire libre en un día soleado.
[Fotografía cortesía de Raven Ward]

Tras perder repentinamente a su hijo y, poco después, a su madre, Pamela Plummer se vio sumida en un profundo dolor y vacío. En los años siguientes, se apoyó en su práctica budista para trascender el sufrimiento y redescubrir la belleza de la vida.

Mi hijo y yo habíamos pasado el fin de semana juntos. Era julio de 2006 y él había vuelto de la universidad. Hicimos tantas cosas maravillosas: visitamos a mi hermana, comimos y charlamos. Me dijo que yo era la mejor madre que un hijo podía tener. Le respondí que ojalá hubiera sido aún mejor. Al evocarlo hoy, siento que absorbía cada instante a su lado, como si quisiera guardar su presencia en mi corazón.

Poco tiempo después de aquel fin de semana, recibí una llamada que me pareció irreal: él se había quitado la vida. Me mudé de Alabama a Nueva York para cuidar a mi madre enferma, quien falleció un año más tarde. Si intentara describir el dolor y el vacío de entonces, diría que mi mente estaba sumida en una angustia incesante.

Mi mente estaba sumida en una angustia incesante.

Había conocido el budismo trece años antes, en 1993, durante una conferencia de trabajo en Maryland. En aquella época, estudiaba diversas corrientes filosóficas, entre ellas el hinduismo y el budismo.

Crecí en la década de 1960. Al volver del colegio veía en las noticias de la televisión reportajes sobre la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles. Era una niña que buscaba la paz y una comprensión más profunda del mundo y del lugar que ocupaba en él.

El budismo: un nutriente perfecto para mi vida

En aquella conferencia, llevaba conmigo un libro sobre budismo. Una de las ponentes lo advirtió y comenzó a hablarme del budismo Nichiren y de la tradición Mahayana, centrada en la práctica altruista o práctica del bodisatva. Ya había asistido a una reunión de la Soka Gakkai en 1989; pero todos sonreían y reían con tal naturalidad que, en ese momento, pensé que algo no me encajaba. Al cabo de los años, comprendí cuán felices debieron de sentirse los participantes de aquel encuentro.

El budismo me brindó buenos amigos, una comunidad cercana y una filosofía que abarcaba la totalidad de la existencia.

La mujer que conocí en la conferencia de 1993 se convirtió en mi mejor amiga. Durante dos años, hablamos con frecuencia por teléfono a larga distancia no solo sobre el budismo, sino también sobre la vida. Además, volví a encontrarme con otra integrante de la Soka Gakkai, conocida mía, quien me llevó a una reunión budista en 1995. Ese mismo año, yo también me hice miembro.

El budismo me brindó buenos amigos, una comunidad cercana y una filosofía que abarcaba la totalidad de la existencia. Hallé todo cuanto necesitaba. Era como un nutriente perfecto.

Procesar una pérdida inexplicable

Nunca olvidaré lo que significaron para mí esta hermosa comunidad y la práctica budista cuando comencé a asimilar una pérdida que parecía imposible de comprender. Escribí muchos poemas en diálogo con mi hijo; después, llegué a un punto en que ya no me quedaban más palabras. Entonces comencé a pintar, pero con ciertas reglas básicas: no se trataba de buscar la perfección ni de evitar errores. Pintar era una manera de explorar lo que sucedía a mi alrededor y en mi interior, y la belleza que aún persistía en la vida. Se trataba de un diálogo que tenía lugar dentro de mí.

Oraba para reaprender a vivir y valorar la existencia.

Entonaba Nam–myoho–renge–kyo frente al Gohonzon, un pergamino fundamental en la práctica del budismo Nichiren, para disipar el dolor y el miedo, y evitar así sucumbir. Oraba para reaprender a vivir y valorar la existencia.

Lo que mi hijo me enseñó

La vida me trajo de vuelta a Alabama para dar clases en la mayor universidad históricamente negra del estado, que está repleta de jóvenes prometedores y compañeros extraordinarios.

La experiencia con mi hijo me enseñó la importancia de abrir el corazón a los jóvenes, escucharlos con atención y buscar oportunidades para que extraigan el brillo de su potencial, porque resplandecen incluso cuando ellos mismos no lo perciban.

Resplandecen incluso cuando ellos mismos no lo perciban.

Recuerdo mi propia juventud. A veces pienso que se trata de tener ese espíritu: la certeza de que la vida se extiende ante uno, vasta y abierta. Se trata de seguir creyendo que la vida está llena de posibilidades.

En julio se cumplirán veinte años desde que se fue mi hijo. La pérdida me ha enseñado a buscarlo, a encontrar su presencia en mi vida. Esto en mí va cambiando con el paso del tiempo. Mi práctica budista me ha ayudado a reencontrar su risa, su sentido del humor y su alegría grabados en mi corazón.

Unidos a través del pasado, el presente y el futuro

Cuando estoy orando, siento como si estuviera dentro de un espacio sagrado y precioso que es eterno, una torre de tesoros; todo el mundo está allí, incluido mi hijo. Las personas a las que he amado, las que han formado parte de mi vida están allí. Estamos unidos a través de las tres existencias –pasado, presente y futuro– para siempre.

Ahora, cuando lo imagino, lo veo esforzándose mucho. Lo escucho decir: «Te quiero, mamá»; «estoy bien, todo está bien».

La vida está llena de cumbres imponentes y abismos profundos, pero sea cual fuere la circunstancia, he aprendido con el tiempo a sostener mi fe budista con firmeza.

Con esa misma convicción, invoco por los miembros de mi organización local para que mi oración los abrace a todos. Hay quienes recorren largas distancias para asistir a un encuentro de diálogo, por eso oro para que viajen sin contratiempos y disfruten de reuniones colmadas de alegría.

Sobre esta actitud de orar, que busca activar las funciones positivas y protectoras del universo en la vida de los demás, el presidente Daisaku Ikeda dice: «Con esa oración, con esa fe, podrán lograr una transformación fundamental en lo más profundo de su ser. Este es el secreto para lograr su revolución humana».

La vida está llena de cumbres imponentes y abismos profundos, pero sea cual fuere la circunstancia, he aprendido con el tiempo a sostener mi fe budista con firmeza. Es una práctica bella y profunda, y estoy muy agradecida de haber encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando: cómo vivir en este mundo, crear valor y apreciar más profundamente la vida de los demás y la mía propia.

Adaptado de un artículo publicado el 7 de marzo de 2025 en la revista World Tribune, SGI-USA.