La única e incomparable… yo

Kyoko Matsuda, Japón
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[© Seikyo Shimbun]

Kyoko Matsuda, de Japón, mide 123 cm y solía sentirse intimidada por la mirada de los demás cuando estaba en público. Ahora las cosas son distintas. Kyoko nació en una familia practicante del budismo Nichiren, y cuando estaba en la escuela primaria le diagnosticaron trastorno del crecimiento. Nos cuenta su historia sobre cómo fue capaz de transformar sus sentimientos de desesperación en una nueva sensación de libertad.

Me sentía muy incómoda cuando la gente me decía «Eres tan positiva» o «Eres increíble», ya que entendía que el mensaje subyacente continuaba con «aunque seas bajita…». Esto hizo que quisiera cambiar mi apariencia, pero ahora lo veo diferente. Al relacionarme con los demás, he ganado confianza en quien soy yo.

Cuando estaba en la escuela primaria, durante una jornada deportiva en la que tenía que competir en una carrera, me situaron en la mitad del recorrido hacia la línea de meta, de tal manera que yo empezaría mucho más adelantada que los otros niños. Recuerdo que me desalenté. Comenzó la carrera, yo corrí y mantuve la primera posición hasta el final. Sin embargo, cuando miré a mis profesores y amigos, sus caras mostraban una mezcla de emociones encontradas. Pensé «este primer puesto no cuenta». Me sentí muy sola a pesar del animado y concurrido evento. En la escuela también fui objeto de acoso escolar y eso me hacía agachar la cabeza para pasar desapercibida entre la gente.

Prejuicio y pena

Me cansé de recibir elogios cuando conseguía algo porque siempre parecían llevar un trasfondo de lástima. Cuando la gente me alababa, lo único que oía era: «Para tener ese cuerpo, lo que has hecho es increíble». Sabía que no era intencionado, pero sentía que todo el mundo me miraba con ojos prejuiciosos. Me volví pesimista. Mentiría si dijera que no me preocupaba mi aspecto. Lo único que quería era crecer, ser una persona corriente como las demás. Pero, la realidad era que, fuera a donde fuera, todos los días era foco de atención. Las voces de niños curiosos comentando mi estatura o preguntando a sus padres «¿Por qué es tan bajita?» me causaban dolor. Era desgarrador oír a los padres decir: «No la mires». Fingía que no escuchaba lo que decían. Cada vez que veía a un niño o sentía su mirada, intentaba evitarlo y me apartaba.

Mentiría si dijera que no me preocupaba mi aspecto. Lo único que quería era crecer, ser una persona corriente como las demás.

Cuando empecé a trabajar, tenía que pedir a mis compañeros que me ayudaran con algunas tareas, como, por ejemplo, alcanzarme documentos a los que yo no podía llegar. Cada vez me disculpaba por interrumpir su trabajo y me inclinaba diciendo «lo siento». Era penoso.

Al mismo tiempo, cuando veía personas con discapacidad por la calle me mantenía alejada de ellas. Con el tiempo, me apegué a la idea de «ser normal»: no quería que la gente pensara que yo era igual a otras personas con discapacidad.

Una persona de corta estatura con un bastón en un cruce peatonal
[© Seikyo Shimbun]

Un día, a mis veinte años, estaba en un centro de la Soka Gakkai y se me acercó una mujer en silla de ruedas. Me preguntó si conocía el Grupo Libertad de Soka Gakkai. Es un grupo para personas con discapacidad del que nunca había oído hablar.
Decidí ir a una de sus reuniones y me sorprendió ver que todos estaban llenos de vitalidad. Lo que también me impresionó fue su habilidad para hacer bromas desenfadadas sobre sus discapacidades sin recurrir a la autoconmiseración.

Kyoko con su madre [© Seikyo Shimbun]

Me impresionaron profundamente los participantes. Algunos tenían discapacidades severas y se pasaban horas preparándose para el encuentro y viajando hasta el lugar de la reunión. Lo mismo hacían para llegar a sus casas. Realmente pude sentir la alegría que los rodeaba y cuánto se respetaban y comprendían mutuamente. Percibí que era así porque ellos aceptaban y reconocían su discapacidad.

Yo había estado atada a la idea de cambiar mi aspecto y no había sido capaz de aceptarme a mí misma. Sin embargo, al participar en el Grupo Libertad, me di cuenta de que estoy perfectamente bien tal como soy. Empecé a mirar hacia el futuro y sentí que por fin podía seguir adelante.

Fue gracias a mi relación con los miembros de la Soka Gakkai que aprendí a valorarme y a recuperar la confianza y el respeto por los demás. Sentí que volvía a estar en contacto con sentimientos que se habían ido erosionando durante mi dolorosa infancia.

Encontrar juntos la libertad

En 2004, fui nombrada responsable de las mujeres jóvenes del Grupo Libertad. Esto me brindó la oportunidad de apoyar a otros miembros de la Soka Gakkai con discapacidades.

Aunque a veces daba por sentado que entendía lo que se siente al tener una discapacidad, pronto caí en la cuenta de que cada persona con esta característica percibe la dura realidad de la sociedad de forma diferente. Hubo momentos en los que no sabía cómo animar a la gente. Ni sabía qué decir. Pensé en mi antecesora en la fe, cuya sola presencia siempre me hacía sonreír cuando me encontraba mal. Recuerdo que una vez me dijo: «No puedes quedarte callada. Todo el mundo busca algo. Hazles saber sinceramente que estás ahí para esforzarte junto a ellos. No tienes que intentar decir cosas bonitas». Yo quería ser como ella.

Una persona de pie en un parque con un bastón
[© Seikyo Shimbun]

Comencé a escribir cartas alentando a otros miembros y las firmaba como «la pequeña Kyoko» con la determinación de disfrutar de mi vida y aprovechar mi cuerpo al máximo.

Nichiren Daishonin escribe: «Cada cosa –el cerezo, el ciruelo, el melocotonero, el albaricoquero– en su propia entidad y sin sufrir ningún cambio, posee los tres cuerpos [es decir, las cualidades de un Buda] de los cuales está eternamente dotado». Yo quería transmitir este mensaje a los demás: Tú y yo, los dos, somos preciosos tal como somos, y tenemos el potencial para brillar.

He conocido a muchas personas en mis diez años como responsable. Algunas de ellas han fallecido, pero me ha conmovido su actitud ante la vida hasta el final. Muchas personas se han sentido alentadas por ellas. Espero llegar a ser también un modelo para los demás.

He dejado de disculparme por mi discapacidad y ya no digo «lo siento» todo el rato. En vez de disculparme cuando necesito ayuda, procuro mostrar con orgullo mi gratitud diciendo «Gracias». Antes sentía pena todo el tiempo, pero ahora, de forma natural, siento agradecimiento. Como resultado de participar en las actividades de la Soka Gakkai, he transformado mi vida. Ahora puedo anunciar con orgullo: «la pequeña Kyoko está aquí».

Hoy en día, todavía me siento observada, pero ya no me molesta. Cuando los niños pequeños hacen preguntas sobre mi «corta» estatura les respondo «es una “larga” historia» y me río.

Artículo adaptado del número del 16 de mayo de 2020 del Seikyo Shimbun, Soka Gakkai, Japón.