Encontrar la fe, afrontar la fama

Entrevista a Orlando Bloom, EE. UU.
Orlando Bloom, vestido con esmoquin, posa para la foto.
Orlando Bloom asiste a la fiesta de Vanity Fair de los Oscar 2025 en California, EE. UU. Foto cortesía de Phillip Faraone/VF25/Getty Images para Vanity Fair

El aclamado actor y miembro de larga trayectoria de la Soka Gakkai, Orlando Bloom, es conocido, sobre todo, por sus roles en los éxitos de taquilla El señor de los anillos y las sagas cinematográficas Piratas del Caribe, y desde 2009 ejerce como embajador de buena voluntad de Unicef, defendiendo los derechos y el bienestar de la infancia en todo el mundo. En septiembre de 2024 participó en un episodio del pódcast Buddhability, un programa semanal producido por la SGI de Estados Unidos, en el que habló de su juventud, de sus primeros pasos en la práctica del budismo Nichiren y, además, de su encuentro con el presidente Daisaku Ikeda. A continuación, se presentan algunos aspectos destacados de esa entrevista.

Descubrir el budismo a los 16 años

¿Cómo conoció el budismo Nichiren y qué le hizo entonar Nam-myoho-renge-kyo?

En ese tiempo, hice todo lo que se suele hacer para lanzar una carrera como actor. Sin embargo, lo que realmente estaba buscando era una especie de guía filosófica.

Yo quería ser actor y, a los 16 años, dejé el hogar familiar para estudiar en una escuela de arte dramático en Londres, Reino Unido. Tenía que aprender pintura y dibujo para un examen de escultura y el artista que me enseñó a hacerlo era miembro de la Soka Gakkai. Para encontrarme con él, solía viajar de Londres a Folkestone, en el condado de Kent, y, a menudo, lo oía recitar Nam-myoho-renge-kyo en otra habitación. Un día fui ahí y le pregunté qué estaba haciendo. Me dijo: «Bueno, estoy orando para que te vaya muy bien en los exámenes. Vas a tener una vida de verdadero éxito». Le pregunté: «¿Y hacer esto ayudaría?». Como me respondió que sí, empecé a entonar con él frente a su Gohonzon.

Me explicó que el Gohonzon, un pergamino que representa el potencial ilimitado inherente a nuestra vida, es el objeto de devoción en el budismo Nichiren. Desde entonces, me alentaba con citas extraídas de los escritos de Daisaku Ikeda. Todo me resultaba lógico, práctico y, en cierto modo, muy accesible.

En ese tiempo, hice todo lo que se suele hacer para lanzar una carrera como actor. Sin embargo, lo que realmente estaba buscando era una especie de guía filosófica.

En realidad, lo que de verdad me convenció del budismo es que, en cierto sentido, me atraía la idea de que era mi responsabilidad dar lo mejor de mí mismo, y que no tenía que pedir a nadie que me ayudara a ser mejor.

Orlando Bloom sonríe sentado frente al micrófono.
Orlando Bloom durante una entrevista para Buddhability, el pódcast de la SGI de EE. UU. [Fotografía cortesía de la SGI-USA]

Cuando oramos ante el Gohonzon, trabajamos en nuestra revolución humana o transformación interior: pulimos el «espejo» de nuestra vida o desarrollamos tanto nuestra mente como nuestra forma de pensar. Y a los 16 años, creo que ni siquiera me planteaba algunas de las cosas de las que hablaba el presidente Ikeda, como la integridad, la sabiduría, el valor o la compasión. Simplemente me quedó muy claro, casi de inmediato, que ese era el camino que me parecía el correcto.

Un accidente serio

A los 21 años se lesionó la espalda cuando se precipitó desde una altura de tres pisos intentando subir a la terraza de un amigo.

Desde niño siempre fui aventurero y me encantaba estar al aire libre. Era un poco temerario; diría que bastante propenso a sufrir accidentes. De joven fui hospitalizado varias veces.

Cuando me lesioné la espalda todo cambió, porque estuve a punto de perder la vida y eso me hizo tomar conciencia de la realidad.

Desde una perspectiva budista, incluso los desafíos más dolorosos o aparentemente insuperables (el veneno) pueden convertirse en combustible para el crecimiento (medicina).

Al principio, me dijeron que quizá no volvería a caminar, pero tuve una recuperación casi milagrosa. Unas dos semanas después de la operación, a pesar de que me habían dicho que estaría ingresado durante seis meses, salí del hospital con muletas. Desde entonces, cuido tanto mi estado físico para proteger la espalda como mi salud y bienestar de maneras que, quizá antes, no hubiera hecho. Así que intento ver el accidente como algo positivo. Y creo que tener esas experiencias a una edad tan temprana me permitió reflexionar sobre la vida.

Los miembros de la Soka Gakkai a menudo hablan de convertir el veneno en medicina. Desde una perspectiva budista, incluso los desafíos más dolorosos o aparentemente insuperables (el veneno) pueden convertirse en combustible para el crecimiento (medicina).

Un papel decisivo en la carrera

Estaba en la escuela de arte dramático cuando sufrió la lesión en la espalda, y, poco después, consiguió un gran papel que impulsó su carrera: interpretar al personaje de Legolas en la saga cinematográfica de El señor de los anillos. Sin duda, un momento decisivo.

Sí, fue una locura. Fue uno de esos momentos en los que dices: «No puede ser. No me lo creo. ¿Qué está pasando?».

Pero al mismo tiempo me presentaba a audiciones para conseguir papeles, actuaba y lidiaba con la ansiedad del miedo escénico. Me preguntaba: «¿soy lo bastante bueno?», «¿me voy a olvidar el guion?». Pero entonaba daimoku. Los miembros de la Soka Gakkai suelen hablar de cumplir su misión por el kosen-rufu, una concepción de la paz social basada en la aceptación generalizada de los valores fundamentales del budismo, como el respeto por la dignidad de la vida humana. Se trata de crear valor allí donde estamos.

Orlando Bloom celebra junto a otros actores el estreno de El hobbit.
Los actores Billy Boyd, Orlando Bloom, Andy Serkis y Elijah Wood en el estreno de El hobbit: la batalla de los cinco ejércitos en diciembre de 2014 Fotografía de Albert L. Ortega/ Getty Images.

En El señor de los anillos interpreté a Legolas, un elfo. Estos seres son inmortales y etéreos, pero yo no quería que el personaje pareciera un ser etéreo, de otro mundo. Quería que fuera de carne y hueso, y sabía que procedía de un reino de elfos bastante belicosos. Así que compuse una imagen de él y vi películas del director japonés Akira Kurosawa para inspirarme en su representación de los guerreros.

Oraba con todo mi corazón para cumplir mi misión. No tengo ninguna duda de que eso me permitió transitar aquella etapa de mi vida.

Más adelante, en el «ojo del huracán» de mi carrera, entre los 25 y los 30 y pocos años, afronté situaciones desestabilizadoras, como sentir que me juzgaban o ridiculizaban. Pero yo me limité a orar mientras pasaba por todo eso. Mi práctica budista fue mi pilar y me ayudó a mantener los pies en la tierra.

En ese entonces, estudié la carta de Nichiren titulada «Los ocho vientos», en la que se afirma: «Los sabios merecen ese nombre porque no viven a merced de los ocho vientos: prosperidad, decadencia, deshonra, honor, alabanza, censura, sufrimiento y placer» (END, pág. 834).1 Eso me hizo pensar: «De acuerdo, quiero ser una persona sabia y no dejar que me afecte demasiado lo que los demás opinen de mí». Creo que tuve la suerte de recurrir a estas ideas y principios una y otra vez. Y, de alguna manera extraña, mi crecimiento personal se basa en no dejarme influir por la prosperidad o la decadencia; la alabanza y la censura; el placer y el sufrimiento, ni por todas esas cosas, que nos distraen con tanta facilidad.

Diría que todo lo que hice tenía detrás algún aspecto de mi práctica budista y de la entonación de Nam-myoho-renge-kyo. Por ejemplo, ya fuera participar como presentador en una ceremonia de entrega de premios, acudir a una audición o reunirme con un director, siempre había una oración que respaldaba todo eso.

La relación de maestro y discípulo

En 2006, se encontró en Japón con Daisaku Ikeda.

Daisaku Ikeda recibe a Orlando Bloom al aire libre ante la mirada de una multitud sonriente.
Orlando Bloom se encuentra con Daisaku Ikeda en frente a un centro de la Soka Gakkai en Nagano, Japón, julio de 2006 [© Seikyo Shimbun]

Sí, tuve la oportunidad de reunirme con mi maestro, el presidente Ikeda, en un centro de la Soka Gakkai en la prefectura de Nagano. Cuando bajé del autobús, él estaba allí para recibirme, con los brazos en alto, formando una V de victoria. Me dio la sensación de que un rayo de luz me hubiera atravesado el cerebro. Sentí como si lo conociera de toda la vida. Estaba tan emocionado que corrí hacia él y le di un fuerte abrazo.

Íbamos en un carrito de golf y me llevó a dar una vuelta por los terrenos del centro. Parecía que volábamos por los caminos. Me impactó profundamente la sinceridad, la alegría, la consideración y el cariño que me mostró durante nuestro encuentro. Lo primero que mencionó fue a mi madre, y eso me tocó muy hondo. Por supuesto, ella me quiere con locura, pero el proceso de mi crianza y algunos de sus aspectos fueron muy conflictivos y difíciles. Como solemos decir, fueron oportunidades para crecer y desarrollarme. Daisaku Ikeda captó prácticamente todo con gran precisión. Al hablarme de lo que yo pensaba sobre mi madre, realmente me conmovió. Después, leí un poema que le había escrito en el autobús, en el que expresaba mi compromiso de trabajar por el bien de la sociedad basándome en las enseñanzas del Sutra del loto. Él respondió:

«Somos camaradas, amigos eternos en la fe. Lo fundamental es que vivas siempre fiel a ti mismo. Y exactamente así has ido construyendo tu vida. Si solo te importara tu carrera como actor, sin prestar atención a nada más, eso no estaría bien. Pero, estás siguiendo con sinceridad el camino budista, poniendo en práctica la filosofía eterna del budismo Nichiren. Tu forma de vivir es la más valiosa. ¡Qué noble, qué admirable!».

Daisaku Ikeda sostiene una gran fotografía enmarcada del monte Fuji mientras se la muestra a Orlando Bloom.
Orlando Bloom con Daisaku Ikeda en Nagano, Japón, julio de 2006. [© Seikyo Shimbun]

También tuve la oportunidad de orar junto al presidente Ikeda. Tenía una voz increíblemente rica. Luego, me entregó un reconocimiento para que se lo diera a mi madre, y otro por mi contribución a las artes. En ese momento, me di cuenta de que en realidad el gesto no tenía que ver conmigo en lo personal, como si yo fuera alguien especial; podría haber sido cualquier otra persona. Me hablaba como a un discípulo, y ese discípulo podría haber sido cualquiera. Se trataba de un maestro que se dirigía a un discípulo, a todos sus discípulos. Lo que más me impactó cuando asistí a las reuniones con él fue la importancia que concedía a los miembros: quería que todos comprendieran su propia valía.

A quienes sienten curiosidad por el budismo

¿Qué les diría a quienes sienten curiosidad por el budismo?

Lo más asombroso de esta práctica es que tenemos el potencial de convertirnos en budas y que la budeidad existe en nuestro interior. Somos los responsables de nuestra propia vida. Esta práctica es un medio para nosotros, una oportunidad. Incluso cuando sufrimos y nos encontramos en el estado vital del infierno, podemos valernos de esta herramienta maravillosa para transformar nuestra vida y salir de esa situación.

No estamos exentos de cometer errores. Si pienso: «Como soy budista, no cometo errores», entonces estoy equivocado. Sin embargo, con esta práctica budista, adquirimos la sabiduría necesaria para sortear cualquier obstáculo que surja de nuestros errores. Si realmente la pones a prueba y eres constante en ella, es de esperar que esa sea la clave del éxito.

En los tiempos turbulentos que vivimos, esta práctica nos ofrece una herramienta, una filosofía y una disciplina que, en mi opinión, necesitamos más que nunca.