Hacer de la adversidad mi aliada

Wayne Shorter, E.E.U.U.
Wayne, en plena actuación, en mayo de 2015 [© Jack Vartoogian/Getty Images]

Wayne Shorter, el legendario saxofonista de jazz estadounidense, compositor y miembro veterano de la Soka Gakkai, goza de renombre mundial por su destreza en ejecutar el saxofón; entre los reconocimientos recibidos se incluyen seis doctorados honoris causa y once premios Grammy. El periódico The New York Times lo ha nombrado el compositor vivo de jazz más famoso. A sus ochenta y ocho años, junto con Esperanza Spalding, cinco veces ganadora de los premios Grammy, ha compuesto su primera ópera: Ifigenia. Shorter considera la obra una continuación, y no una culminación, del trabajo de su vida.

Aquí nos habla de la creación de Ifigenia y de cómo el budismo lo ayuda a salir del estancamiento y a aceptar los desafíos de la vida con el espíritu de «¡Adelante!»

¿Puede contarnos cómo surgió la idea de Ifigenia?


Comencé experimentando con la escritura musical cuando estaba en la escuela secundaria. Antes de ser reclutado por el Ejército de los Estados Unidos, estaba trabajando en una ópera titulada The Singing Lesson (La lección de canto). Si bien continué escribiendo cosas en un pequeño cuaderno que siempre llevaba conmigo, nunca las sacaba a la luz. Luego comencé a presentarme a las audiciones como saxofonista con grandes bandas. Fue así como me uní a los Art Blakey’s Jazz Messengers y, después, me incorporé a la banda de Miles Davis. Más tarde formé mi propia banda: Weather Report. Con el paso del tiempo, seguí escribiendo música en mi libretita.

A través de la práctica del budismo, me di cuenta de que nada se desperdicia. Nada se tira a la basura. Todo en mi vida tiene algo que ver con mi desarrollo en el camino hacia la iluminación. Incluso cuando no tenía contratos discográficos que me llevaran a componer grandes éxitos, no me preocupaba. Simplemente seguía adelante.

Un día conocí a una joven llamada Esperanza Spalding. Pensé: «He aquí una persona original». Nos vimos en una segunda ocasión en Europa mientras realizábamos entrevistas. Estábamos hablando y me preguntó: «Esa ópera que empezaste a los diecinueve años, ¿por qué no la continúas?». El budismo me enseñó que todo lo que prometemos hacer, tenemos que llevarlo a cabo. No debemos dejar nada a medias, para luego arrepentirnos. Así que decidí que trabajaría en la obra, y Esperanza se encargó de financiarla.

Wayne y Esperanza, sentados juntos, revisan una partitura.
Wayne y Esperanza Spalding en el ensayo de Ifigenia. [photo by Jeff Tang/Real Magic]

Ella me dijo que podía encargarse también de la historia, es decir, del libreto. Antes de la pandemia trabajamos juntos, aislándonos en Portugal. Durante un tiempo elaboramos nuestras piezas de forma separada (sin tocar, solo escribimos) antes de escuchar lo que el otro estaba componiendo. Entonces, la historia empezó a tomar cuerpo.

¿Qué desafíos encontró en el camino?
Cuando estaba creando la ópera me enfermé y tuve que ir al hospital. Llegué incluso a estar cerca de la muerte. En ese estado tuve sueños extraños, pero podía ver a todos mis amigos de Soka Gakkai y escuchar a mi mujer, Carolina, entonando Nam-myoho-renge-kyo. Cuando me desperté, me puse a trabajar.

Tuvimos ofertas para colaborar con diversas compañías de ópera, pero no queríamos que nadie nos dirigiera. Esperanza me preguntó qué era lo que realmente quería hacer yo. Le dije que mi deseo era crear una empresa que tuviera «verdadera magia». Y, de hecho, ahora hemos creado una compañía con ese nombre (real magic) que cuenta con increíbles creadores, productores, directores de orquesta y arquitectos.

Wayne sostiene la partitura de Ifigenia
Wayne con la partitura de Ifigenia en diciembre de 2019 [photo by Jeff Tang/Real Magic]

Ifigenia se estrenó en Boston, en noviembre de 2021, en la organización ArtsEmerson. Se agotaron todas las entradas de las funciones. Fue muy comentado el hecho de que nunca se habían visto colas de espera que diesen la vuelta a la esquina por una ópera. Mucha gente que fue a verla eran jóvenes. Nadie se preocupó de ponerse un traje. No fue como antes, cuando las personas iban con la cabeza demasiado alta y haciéndose las importantes.

¿Era eso algo que usted buscaba, que Ifigenia fuera accesible para todas las personas?
Sí. Eso es algo que también querían muchos de los compositores clásicos, que su arte fuera accesible. Deseaban que el público fuera a la ópera. Por ejemplo, Mozart pasaba el rato en las calles y quería que sus amigos fueran a la ópera. Solo la aristocracia y los ricos pusieron una barrera entre el arte y el público en general. Yo quería decirles: «Bájense de su pedestal, abran las puertas y déjenme entrar». Quería romper esa puerta con Ifigenia. Hay espacio para todos.

Usted es una leyenda del jazz mundialmente reconocida, ¿alguna vez ha tenido dudas o se ha topado con obstáculos?

Tuve el honor de que me llamaran de la Rutgers University en New Jersey, para preguntarme si podían darle a su nuevo edificio de música el nombre de Escuela de Música Wayne Shorter. La están construyendo ahora mismo. Me han concedido un doctorado honoris causa. Tengo seis, incluso de instituciones como The Julliard School, New England Conservatory of Music y Berklee College of Music. En cuanto al nuevo edificio de música, tengo un amigo que está viendo cómo ponen la piedra inaugural. Esto me infunde aliento.

Nunca pensé en retroceder porque tengo mi camiseta que dice «¡Nunca te rindas!». En el hospital, cuando no podía respirar, entonaba Nam-myoho-renge-kyo a media voz para poder continuar orando mucho. Vi como toda esa práctica me empujaba más allá de cualquier tentativa de frenar, darme por vencido o dudar. Es algo más que ser testarudo, obstinado o llevar la contraria. Es más profundo que eso.

A través de la práctica del budismo, me di cuenta de que nada se desperdicia… Todo en mi vida tiene algo que ver con mi desarrollo en el camino hacia la iluminación.

Sé que este espíritu nunca podrá serme arrebatado, a menos que yo mismo lo abandone. Nada fuera de mí puede hacer que lo deje. Me gusta la frase del presidente Ikeda: «La fe es no temer a nada». Eso lo llevo marcado en la mente, en el cuerpo y los dedos. Digo: «¡Adelante!» y ya está.

¿Qué les diría a las personas jóvenes que recién están empezando con su práctica budista y tienen demasiado miedo de perseguir sus sueños?


El presidente Ikeda dijo en algún momento que hay que hacer de los demonios y los diablos tus aliados. La manera de hacerlo es estudiar y poner en práctica esta filosofía budista. No temer nada está en completa yuxtaposición con tener miedo de hacer algo. ¿Miedo a qué? Miedo a lo desconocido, a ser criticado, a ser rechazado. Miedo a que te miren y hablen de ti de una forma que consideres degradante. Miedo a que tu superior, tu jefe, o la gente de tu entorno te señale como un loco o un estúpido. Miedo a que tus ideas sean atacadas. Miedo al sonido de tu propia voz cuando dices lo que piensas. El miedo a ser castigado. Todo eso es innato, al nacer ya lo tenemos. A veces digo que muchos de nosotros hemos sido secuestrados desde la cuna. Como las pequeñas tortugas recién nacidas que tienen que llegar al mar. Algunas lo consiguen, pero muchas no. Tenemos que llegar al mar de la sabiduría de la vida.

Mi única determinación es dar vida a bonno-soku-bodai (los deseos mundanos son la iluminación). Para mí, eso significa intentar algo y, cuando crees que no puedes continuar, renovar tu vida otra vez. Y vivir de verdad. Vivir con las múltiples dimensiones de myoho y renge. Yo soy Nam-myoho-renge-kyo. No estoy jugando con ello. Bailo con ello y hago música con ello. El significado de vivirlo es incomparable al mero hecho de hablar de ello. Hago lo mejor que puedo para vivir así en este momento. Jóvenes, estudien lo que dicen los escritos de Nichiren y del presidente Ikeda.

Hemos escuchado que dedica su ópera al presidente Ikeda y a su esposa.

Esta ópera y también mi álbum, Emanon. En todo este tiempo que he conocido al presidente Ikeda, siento que él conoce la esencia y el corazón del proceso creativo. Puede simplificar algo que parece difícil de desentrañar en la vida. Él ya sabe lo que hay que comprender y disfrutar.

¿Cuál es su definición de éxito?

Es encontrarse con muchos obstáculos, superarlos y pedir que vengan otros. Como siempre digo: que vengan, que aparezca la adversidad. Porque yo sé cómo es. Sé que entonar Nam-myoho-renge-kyo es la clave de hacer de la adversidad mi aliada.

Si haces que tu aliado sea el éxito, se acabó. Estás atrapado. Te han engañado. Es como si llevases tanto tiempo en el infierno que te acabas creyendo que es el cielo. No voy a tomarme a la ligera lo que para mí es el éxito. No voy a decir «tengo lo que quiero». El éxito para mí es: «los deseos mundanos son la iluminación». Ese es mi compañero y mi camarada.

Algunas personas muy famosas vienen a nuestros encuentros locales de la Soka Gakkai. Vienen para que sus nombres puedan elevarse por encima del glamur, el éxito y el dinero. Quieren ir más allá de eso, por ello tienen que ahondar más profundamente en sus vidas y estudiar la filosofía budista.

Yo mismo quiero seguir estudiando; de hecho, tengo una gran cantidad de lecturas pendientes. Quiero valerme de este logro para construir más.

Adaptado de un artículo del 1 de enero de 2022 en el
World Tribune, SGI-USA.