Una psicooncóloga habla sobre cáncer, empoderamiento y dignidad

Entrevista con Yvonne Álvarez Colchado, Perú
Una mujer vestida con ropa de colores vivos y los brazos cruzados sonríe a la cámara.
Yvonne Álvarez Colchado vio en el cáncer una oportunidad de crecimiento personal, y esa actitud le permitió seguir adelante [Fotografía cortesía de Yvonne Álvarez Colchado]

Yvonne Álvarez Colchado, de Perú, es psicóloga y psicoterapeuta con más de 20 años de experiencia a sus espaldas. Está especializada en psicooncología, cuidados paliativos y manejo del duelo. Durante los últimos seis años, a través de un programa de apoyo psicooncológico creado por ella misma, Yvonne ha promovido una atención sanitaria orientada a mejorar la calidad de vida y a trabajar por el bienestar de las personas que se enfrentan a un diagnóstico de cáncer. En esta entrevista, narra cómo su propia experiencia con la enfermedad transformó su forma de vivir, y le permitió apreciar cada momento de la vida y fortalecer su compromiso de apoyar a los demás.

Aprender de la enfermedad

¿Podría contarnos su trayectoria personal con la enfermedad?

Creo que comenzó en el mismo momento en que vine al mundo: nací con el cordón umbilical enrollado alrededor del cuello y casi me asfixié. Luego, cuando tenía unos cuatro años, mientras viajaba en la parte trasera de una bicicleta, mi pie izquierdo se enganchó en los rayos de la rueda. Me causó una lesión tan profunda cerca del tobillo que casi me llega al hueso; la recuperación requirió la regeneración del tejido y de la piel.

Años más tarde, me desmayé de forma repentina y perdí el conocimiento durante unos 20 minutos. Me trasladaron a la sala de emergencia mientras sufría convulsiones, y la tomografía revelaron que tenía una lesión cerebral. Al principio sospecharon que podía tratarse de un cáncer cerebral, pero, tras múltiples y rigurosos exámenes durante mi mes de hospitalización, el diagnóstico definitivo fue tuberculosis cerebral, por lo que afronté un arduo tratamiento que se prolongó durante 13 meses.

Fue entonces cuando, por primera vez, me pregunté para qué quería vivir.

Fue entonces cuando, por primera vez, me pregunté para qué quería vivir. Estar en esa situación me permitió comprender lo vulnerable que uno se vuelve ante lo desconocido y la importancia de pedir ayuda.

En 2012, recibí el diagnóstico de cáncer de mama. Hasta que estuviera en el quirófano, no se sabría si el tratamiento requeriría una mastectomía total o solo la extirpación del tumor. Antes de someterme a la cirugía, consulté a diferentes especialistas y escuché una a una sus diversas opiniones, algunas más desalentadoras que otras. Yo solo podía pensar que, una vez más, estaba luchando por prolongar mi vida.

Transformar el sufrimiento en una misión

¿Cómo le ayudó su práctica budista a afrontar el diagnóstico de cáncer de mama?

Recuerdo que para comprender lo que me estaba sucediendo, recurrí a los escritos de Nichiren y busqué aliento en las palabras de Daisaku Ikeda. Esto me ayudó a entonar Nam-myoho-renge-kyo con la determinación de afrontar lo que estaba pasando.

Desde el momento en que lo detectaron, nunca pensé en el cáncer con resentimiento o dolor. Al contrario, siempre sentí una inmensa gratitud. La enfermedad tenía un propósito en mi vida: era una oportunidad para crecer.

Una mujer sentada en una cama de hospital, acompañada por otras dos mujeres.
La fuerza del apoyo familiar: Yvonne junto a su tía (izquierda) y su madre (derecha) durante el tratamiento oncológico [Fotografía cortesía de Yvonne Álvarez Colchado]

Cuando uno recibe este tipo de diagnóstico, escucha innumerables opiniones; pero, decidí que sería yo quien asumiera cómo quería que fuera mi vida a partir de ese momento, empezando por la intervención quirúrgica: la imaginé paso a paso e incluso visualicé a mi médico como un «artista». Le conté este enfoque a mi madre, que también es miembro de la Soka Gakkai, y, con una determinación compartida, resolvimos entonar daimoku y afrontar el cáncer juntas.

Su valentía y firmeza me animaron a no rendirme, a creer en mi potencial y a seguir adelante. Al final, la cirugía fue un éxito y se extirpó un tumor de cinco centímetros. Treinta días después de la operación, comencé un tratamiento preventivo de aproximadamente un año, que consistió en 16 sesiones de quimioterapia y 33 sesiones de radioterapia.

Cuando se me cayó el pelo, no me reconocía y lloré mucho; hubo momentos en los que incluso sentí que no podía avanzar. A pesar de todo el dolor, nunca dejé de orar, lo que me permitió volver a levantarme y decidir que mi vida tenía que reflejar esperanza.

Por ese entonces, llegué a percibir en profundidad un pasaje de Los escritos de Nichiren Daishonin que dice: «Las enfermedades hacen surgir en nosotros la determinación de entrar en el Camino» (END, pág. 981).1 En otras palabras, esta experiencia me permitió abrir mi corazón, profundizar en mi comprensión del sufrimiento de los demás y entender el verdadero significado de la enfermedad en mi vida.

¿Cómo surgió la idea de crear un programa de apoyo psicooncológico?

Fue justo antes de entrar en el quirófano: me prometí que impulsaría un proyecto así. Y poco a poco, esa promesa se ha convertido en lo que es hoy. Al principio, no sabía por dónde empezar y me sentía intimidada, ya que aún no contaba con las herramientas necesarias para asumir el reto de tal magnitud. Sin embargo, gracias a la fuerza que obtuve del daimoku, no me permití el desánimo y pude superar mis limitaciones.

Dos mujeres, elegantemente vestidas, posan sonrientes frente a un pastel durante una celebración.
Yvonne y Fátima Luna, de la Fundación Peruana de Cáncer, muestran los reconocimientos recibidos por su labor con pacientes oncológicos durante la celebración del 10.º aniversario de la Asociación Nacional de Psicooncología del Perú (ANPPe) [Fotografía cortesía de Yvonne Álvarez Colchado]

Como psicóloga, sentía el deseo de contribuir a la sociedad y continuar mi formación académica. Así, me formé como psicoterapeuta humanista, luego en psicooncología y cuidados paliativos y, más tarde, en tanatología como facilitadora de apoyo al duelo. Desde hace varios años, también soy miembro activo y de pleno derecho de la Asociación Nacional de Psicooncología del Perú (ANPPe).

Dentro del marco del programa de apoyo, lancé un pódcast centrado en la oncología en el que mantengo diálogo semanal con profesionales de diferentes campos para crear conciencia sobre la atención sanitaria responsable. Estas conversaciones se comparten en las redes sociales. El pódcast funciona como una ventana a temas relacionados con la salud, la prevención de enfermedades y la mejora de la calidad de vida.

En la actualidad, también dirijo grupos de apoyo mutuo en oncología: uno para pacientes, otro para cuidadores (familiares) y otro para personas que han perdido a un ser querido a causa del cáncer.

Ayudar a los demás a recobrar la esperanza

¿Cómo ayuda el programa a las personas con cáncer a afrontar su enfermedad?

La esencia de este programa reside en cultivar en la vida de cada paciente y sus familias un nuevo enfoque de la salud y una apreciación renovada de la vida, tanto a nivel personal como en relación con su entorno, para que transformen las circunstancias que los afligen a través de su experiencia. Por eso, tras validar su dolor y reconocer su vulnerabilidad ante circunstancias difíciles, siempre pregunto a mis pacientes: ¿Qué te ha enseñado este cáncer? ¿Estás contento con lo que tienes? ¿Cómo quieres vivir a partir de esta experiencia? ¿Qué has aprendido de tu familia? Y en respuesta a esta última pregunta, muchos de ellos dicen una sola palabra: gratitud.

Además, cada semana, durante el pódcast en directo, los pacientes, las familias y el público en general participan en debates sobre el cáncer, hacen preguntas y aprenden juntos. Creo que uno de los primeros pasos para superar el miedo al cáncer es comprender la función de la enfermedad y la muerte en la vida humana. Esto, a su vez, refuerza la educación en torno a la atención sanitaria y desmonta los mitos que solo generan confusión y miedo infundado.

Un grupo de mujeres posa para una fotografía conmemorativa en un restaurante.
Junto a integrantes de uno de los grupos de apoyo psicooncológico mutuo [Fotografía cortesía de Yvonne Álvarez Colchado]

El programa de apoyo inicial se convirtió en una iniciativa más amplia para acompañar y motivar a los pacientes, ¿podría contarnos algo al respecto?

Curiosamente, mi pequeño proyecto comenzó a crecer. En un momento, al ver que el pódcast de una miembro de la ANPPe suscitaba tanto interés en las redes sociales, a un grupo de psicooncólogos nos pidieron dirigir un proyecto en el que una conocida empresa privada ofrecía apoyo psicológico a personas que padecían cáncer de mama.

Gracias a esta iniciativa, me puse en contacto con la Fundación Peruana de Cáncer, y mi programa pasó a formar parte de una alianza para brindar apoyo psicooncológico a pacientes, y familiares, de bajos ingresos en todo el país. Los acompañamos a lo largo de su proceso, a menudo en línea o por teléfono si no poseen acceso a Internet. El programa me permitió desarrollar una comprensión más profunda y compasiva de las realidades de la salud pública.

La dignidad de toda vida

¿Cómo apoya a las familias de los pacientes oncológicos y a quiénes se encuentran en las etapas finales de la vida?

En mi consulta privada y en mi trabajo con pacientes derivados del programa SEPA de la Fundación Peruana del Cáncer, atiendo a personas en diferentes etapas del proceso. Esto incluye los cuidados al final de la vida, donde primero acompaño a los pacientes a aceptar la muerte, no por resignación, sino por gratitud por lo que se ha vivido y compartido.

La tanatología, al igual que el budismo, defiende el máximo respeto por la vida y la eternidad de la existencia. Por lo tanto, es importante enseñar lo que significa «morir bien», aunque este concepto no sea familiar en la sociedad. El primer paso es aceptar el valor intrínseco de la vida, que incluye en sí misma lo que el budismo denomina los «cuatro sufrimientos»: el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. En esta etapa, acompaño a las familias ayudándolas a despedirse desde un lugar de conciencia y determinación, al tiempo que se mantiene el respeto por la vida.

Comprender esto es un proceso, ya que la sociedad no está acostumbrada a hablar de la muerte ni a validar el dolor que se expresa en la tristeza, el miedo o la ira. En cambio, a menudo se espera que todo el mundo sea fuerte, lo que en última instancia niega nuestra humanidad.

Actualmente usted da clases de psicooncología. Es muy alentador saber que su enfermedad le ha dado un propósito y una dirección.

Así es. Hoy en día imparto clases en una institución educativa privada que promueve la formación integral de profesionales de la salud en toda Latinoamérica. En cada clase me esfuerzo por transmitir la importancia de valorar profundamente a cada persona.

Siempre les digo a mis alumnos que nunca olviden que las personas que tienen delante merecen respeto y dignidad, y que una perspectiva verdaderamente compasiva no significa intentar «salvar» a los demás, sino más bien ayudarlos a desarrollar su propio potencial.

Creo que cada día de mi vida es una oportunidad para seguir transformando el karma en misión, porque he convertido mi enfermedad en un medio para infundir esperanza. En todos los encuentros busco ir más allá de la visión victimista y dependiente que a menudo se asocia con el cáncer, y animo a cada persona a que desarrolle su propio potencial y asuma el papel protagonista en su propia historia de vida. Para hacerlo me baso en el absoluto respeto por la dignidad de todos los seres vivos, tal y como enseña la Soka Gakkai.

Por último, ¿cuál es el mensaje más importante que le gustaría transmitir a las personas que están atravesando una enfermedad?

Lo más importante es el espíritu de levantarse por uno mismo: la voluntad de transformarse pese a la adversidad. Es decir, que incluso en medio del sufrimiento, me niego rotundamente a resignarme a lo que parece ser mi destino. En cambio, convierto ese momento en una oportunidad para aprender del dolor, de la experiencia que estoy viviendo, y para hacer de ese proceso un medio para cambiar mi vida.

Sean cuales sean las circunstancias, ya se trate de una enfermedad propia o de la de un ser querido, es una oportunidad para que toda la familia transforme su perspectiva de la vida. Es precisamente en los momentos de mayor sufrimiento cuando nuestros corazones se abren y nos permiten conectar con los demás desde lo más profundo.

Una mujer conversa con un grupo de personas en el vestíbulo de un amplio edificio.
Conversando con otros miembros de la Soka Gakkai en el Centro Cultural de la PSGI, en Lima [Fotografía cortesía de Yvonne Álvarez Colchado]

Adaptado del número de mayo-junio de 2025 de la Revista Nueva Era, de la Asociación Peruana de la Soka Gakkai Internacional (PSGI).