Convertirme en alguien que empatiza con los demás

por Poh Qing Xiang, Singapur
Una mujer de pie frente a un puesto temporal de arte donde se exponen sus ilustraciones.
Poh Qing Xiang muestra sus ilustraciones en su puesto de arte [Foto cortesía de Poh Qing Xiang]

Durante años, Poh Qing Xiang batalló contra los sentimientos de insuficiencia sin lograr reconocer su propia valía. Gracias a la práctica budista, el apoyo familiar y su tenaz esfuerzo, adquirió la confianza necesaria para expresarse, dedicarse al arte —su verdadera pasión— y servir de ejemplo para alentar a los demás.

Mi llegada al mundo fue dramática, plagada de complicaciones. Mi madre tuvo dificultades en concebirme, y después de quedar embarazada, le informaron de que existía riesgo de muerte fetal debido a las anomalías que yo presentaba en el corazón y los pulmones.

Con fervor, mis padres entonaron Nam-myoho-renge-kyo durante todas esas circunstancias y, finalmente, le dieron la bienvenida al mundo a un bebé sano: el soplo que me habían detectado en el corazón había desaparecido por completo.

Mi lucha contra el sentimiento de insuficiencia

Aunque por lo demás gozaba de buena salud, nací con un solo oído. Debido a la escasa autoestima, mi vida era una sucesión interminable de problemas, una batalla constante. La escuela primaria fue especialmente difícil. Me costaba relacionarme con mis compañeros de clase, que se burlaban de mí tapándose una oreja. Con el tiempo dejé de hablar, a menudo me sentaba en un rincón del aula y me quedaba dibujando sola. Mi mundo no tenía colores, pero a esa edad tan temprana no supe cómo decirles a mis padres por lo que estaba pasando.

Con el tiempo dejé de hablar, a menudo me sentaba en un rincón del aula y me quedaba dibujando sola. […] a esa edad tan temprana no supe cómo decirles a mis padres por lo que estaba pasando.
Una mujer sonríe mientras dibuja en un pequeño caballete.
«Cuando era más joven, dibujar me ayudaba a sobrellevar la soledad». [Foto cortesía de Poh Qing Xiang]

A pesar de los esfuerzos que hacían mis profesoras para que conectara con la clase, la baja autoestima me volvió callada y reservada. No fue hasta que mi maestra les pidió a mis padres que vinieran a la escuela que ellos pudieron ver los desafíos que estaba atravesando. Este se convirtió en un punto de inflexión, ya que mi madre comenzó a pasar más tiempo conmigo en un intento por comprender qué me pasaba. Oró para que yo superara el sentimiento de inferioridad, pero para mí no era fácil abrirme a nadie.

Aprender a hacerme valer

A medida que fui creciendo, desarrollé un genuino interés por la repostería y, un día, conseguí unas prácticas en una pastelería. La cocina, ruidosa y caótica, me pareció agobiante y me resultaba muy difícil escuchar las instrucciones de la jefa de pastelería, lo cual dio lugar a una serie interminable de malentendidos y reprimendas que me provocaron una gran ansiedad, así que empecé a ausentarme por enfermedad con frecuencia. Mis padres me alentaron a que le contara mi problema de audición y buscara su comprensión.

Este incidente me enseñó la importancia del diálogo para fomentar el entendimiento.

Seguí su consejo e informé a mi jefa, pero en vez de comprensión me topé con duras críticas por no haber sido honesta desde el principio y ella me dijo que, de haber sabido mi condición desde el principio, no me hubiera contratado. Estas palabras me hirieron profundamente. Me sentí avergonzada y tuve aún más miedo de volver al trabajo.

Viendo mi desesperación, mis padres me alentaron a orar para transformar la situación. Lo hice con todo mi corazón y me armé de valor para regresar al trabajo al día siguiente. Para mi sorpresa, la jefa de pastelería se disculpó por sus duras palabras y tuvimos un buen diálogo. Desde entonces, ella se tomó el trabajo de acercarse para darme las instrucciones.

Este incidente me enseñó la importancia del diálogo para fomentar el entendimiento. Tal como dice Daisaku Ikeda: «Es importante tener la valentía de decir lo que debemos en el momento crucial».

Mis padres me apoyaron orando conmigo cada día. Poco a poco, fui ganando confianza a la hora de expresar mis sentimientos y opiniones a los demás. Aunque puede parecer un cambio pequeño, este fue el comienzo de mi revolución humana, el proceso de trabajar para transformar mis tendencias más profundas.

El arte: mi modo de crear alegría y esperanza

La pandemia Covid-19 interrumpió mi trayectoria en la repostería, pero lo vi como la oportunidad perfecta para convertirme en ilustradora a tiempo completo.

Aunque algunas personas cercanas me manifestaron sus dudas, mis padres creyeron en mí sin vacilar. Incluso hice muchos buenos amigos que me alentaron a perseguir mi sueño y me presentaron a la comunidad local de artistas. Así es como comencé mi primer puesto temporal de arte.

Una mujer atiende a una cliente en un puesto temporal de arte.
Creando un vínculo con una cliente a través del arte [Foto cortesía de Poh Qing Xiang]

El arte siempre ha sido una forma de expresar mis sentimientos. Cuando era más joven, dibujar me ayudó a sobrellevar la soledad. Ahora, es mi herramienta para comunicarme y llevar alegría y esperanza a otras personas.

En 2024 participé en un curso de capacitación para jóvenes de la Soka Gakkai en Japón. En los meses previos al viaje, libré intensas luchas internas a diario. Oraba diciéndome que mis imperfecciones no me definían y que sería capaz de alentar a todas las personas con las que me encontrara con la alegría que yo misma sentía.

Un grupo de jóvenes, cuyas manos enmarcan sus caras, posa para una foto conmemorativa.
El sentido de pertenencia: Qing Xiang (primera fila, segunda por la derecha) con algunas de las jóvenes con quienes practica budismo [Foto cortesía de Poh Qing Xiang]

En el curso, conté ante unas trescientas personas cómo la práctica budista me había ayudado a tener la confianza necesaria para llegar a ser ilustradora. Al final de la sesión, se me acercó una pareja, y el marido me dijo que su mujer, una artista, había tenido dificultades para seguir adelante con su sueño, pero que después de escuchar mi historia, sintió que renacía en ella el coraje para iniciar su propio camino como ilustradora.

Sus palabras me alentaron profundamente. Aunque había ido a Japón con el simple deseo de infundir aliento a los demás, yo también volví alentada. Tal como escribe Nichiren: «Si uno enciende un farol para dar luz a otros, también alumbra su propio camino» (WND-2, pág. 1060).1

Una persona realmente merecedora de respeto no se define por su capacidad intelectual o su estatus social, sino por la profundidad con la que atesora a quien está frente ella. Esto lo aprendí del presidente Ikeda.

A mi manera

Soy consciente de cuánto crecí como persona desde que comencé a practicar el budismo. La niña nerviosa que solía esconderse para dibujar en un rincón, atormentada por el complejo de inferioridad, ahora es una artista capaz de alentar y apoyar a otras personas. Todo aquello por lo que pasé me ha permitido convertirme en una persona que puede empatizar profundamente con quienes atraviesan sentimientos similares.

Estoy decidida a llenar de color al mundo a mi manera, única y personal. Voy a esforzarme más aún para crecer en cada aspecto de mi vida; y, así, contribuir a la creación de un mundo cuyas acciones se guíen por la compasión y el respeto a la dignidad de la vida.

Cinco integrantes de una familia posan para una foto conmemorativa fuera de un edificio en Japón.
Una feliz visita, en familia, a Japón [Foto cortesía de Poh Qing Xiang]

Adaptado del número de septiembre de Creative Life, Soka Gakkai de Singapur.