Parte 3: El kosen-rufu y la paz mundial
Capítulo 31: Una gran ruta hacia la paz mundial [31.21]

31.21 No hay barbarie que se compare con la guerra

En un mensaje dirigido a los jóvenes, el presidente Ikeda relata su experiencia personal durante los años de la guerra, y el punto de partida de su compromiso con la paz.

En esta ocasión, quiero recordar mi adolescencia. La guerra, para el Japón, terminó el 15 de agosto de 1945, hace sesenta años. En ese momento yo tenía 17, como muchos de ustedes, nuestros estudiantes secundarios. Vivíamos en el actual distrito municipal de Ota, en Tokio. Yo fui el quinto de los ocho hijos de la familia. Los cuatro hermanos, mayores que yo, fueron reclutados como soldados y enviados a combatir a la China y a otros campos de batalla.

Mi padre se ganaba la vida como productor de algas, pero sufría de reumatismo y esto limitaba su capacidad física de trabajo. ¡Cuánto le habrá dolido ver que, en lo mejor de la juventud, se llevaban uno tras otro a esos cuatro hijos de cuyo apoyo dependía! Para mi madre fue una aflicción extrema.

En casa nos quedamos mis dos hermanos menores, mi hermana menor y yo. Para ayudar de alguna manera a la economía familiar, trabajaba repartiendo diarios en el vecindario antes de asistir a las clases de la escuela primaria.

Cuando me gradué de la escuela pública nacional, conseguí empleo en el taller siderúrgico Niigata (1942), donde había trabajado anteriormente uno de mis hermanos mayores. No pude seguir estudiando como lo había deseado, porque me vi en la necesidad de ayudar a la manutención de mi familia.

Hasta la época de mi quinto grado en la escuela primaria (1938), todos habíamos vivido muy felices juntos en una casa amplia, de dos plantas. Pero a medida que la tempestad de la guerra arreciaba más y más, nos vimos forzados a vender la propiedad, donde se instaló una fábrica de municiones. Nos trasladamos a otra vivienda cercana, pero al tiempo nos ordenaron que la evacuáramos (para hacer allí un cortafuegos, cuando se intensificaron los bombardeos aéreos sobre Tokio).

Entonces decidimos irnos a vivir a la casa de una tía, hermana menor de mi madre, que nos ofreció construir un ala separada adosada a su vivienda. Cuando terminamos la construcción, cargamos todas nuestras posesiones en una carreta e hicimos la mudanza. Recuerdo que esto sucedió el 24 de mayo de 1945 y estábamos todos ansiosos de empezar el día siguiente juntos en el nuevo lugar. Pero esa misma noche hubo un bombardeo aéreo y un explosivo cayó exactamente sobre la residencia y la incendió completamente.

Lo único que pudimos salvar fue un baúl. Pero cuando lo abrimos, solo tenía las muñecas que mi hermana menor había recibido como obsequio en el tradicional Día de las Niñas. De un día para el otro, perdimos literalmente todo. Pero a pesar de eso, mi madre, una mujer de temple a toda prueba, nos tranquilizó y nos consoló diciendo: «Estoy segura de que, algún día, volveremos a tener una hermosa casa donde exhibir estas muñecas».

Incluso después de la rendición, hubo de pasar bastante tiempo hasta que mis hermanos regresaron al hogar. Mirábamos con cierta envidia a los hijos de otras familias que volvían a casa sanos y salvos, una vez que obtenían la licencia o la baja militar. Dos años después, en mayo de 1947, fuimos notificados de la muerte de mi hermano mayor, a quien yo quería entrañablemente. Jamás olvidaré la imagen de mi madre, desolada, tratando de sofocar el llanto cuando recibió la trágica noticia.   

En aquella época, yo estaba enfermo de tuberculosis; pasaba las noches empapado en sudor, con una tos dolorosa, a menudo acompañada de expectoración sanguinolenta. Estaba delgado como un alambre; los médicos recomendaron que me internara en un sanatorio de Kashima, en la prefectura de Ibaraki, pero no tuvimos esa posibilidad.

La guerra había ocasionado un terrible sufrimiento a mi familia, y convirtió mi adolescencia en una época de gran desdicha. Por supuesto, no fuimos los únicos que pasamos por esa angustia. En cada hogar del país se vivieron penurias indescriptibles. No solo en el Japón, sino también en todo Asia y en el mundo, incontables vidas inocentes fueron inmoladas en el altar sacrificial de la guerra.

No hay barbarie que se compare con la guerra. No existe nada más cruel. Por eso odio la guerra y, mientras viva, me opondré a la naturaleza perversa de la autoridad que la hace posible. Desde mi adolescencia, he albergado un compromiso absoluto con el pacifismo y he grabado en lo más profundo de mi ser la lucha permanente por la paz.

Del mensaje dirigido a la ceremonia de ingreso de las Escuelas Soka de Enseñanza Media Básica y Superior de Tokio y de Kansai, celebrada el 8 de abril de 2005.

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Lectura complementaria

«Un fragmento de espejo»

El presidente Ikeda sabe, por experiencia personal, que nadie sufre tanto como las madres y los hijos en tiempos de guerra. En este ensayo, expresa su deseo de que todas las personas del mundo puedan vivir en condiciones felices y seguras.

Soy el feliz poseedor de un espejo. En realidad, es un trozo de espejo, no más grande que la palma de mi mano. Tiene algunas mellas en los bordes, pero todavía cumple perfectamente sus funciones. Es uno de esos espejos rotos, más bien gruesos, que uno podría encontrar en cualquier pila de trastos viejos. Pero para mí es un bien de valor preciado.

Mis padres se casaron en 1915; parte de la dote que mi madre trajo consigo a su nuevo hogar fue un tocador con un espejo muy bonito. Ese mismo espejo habrá reflejado, clara y sin deformaciones, la imagen de la joven novia ataviada con su ajuar de bodas…

Veinte años después, no recuerdo cómo, el espejo se rompió. En ese momento, mi hermano mayor Kiichi y yo estábamos en casa; recogimos los añicos y cada uno se quedó con uno de los fragmentos más grandes como recuerdo.

Al poco tiempo, estalló la guerra. Mis cuatro hermanos marcharon al frente de combate, uno tras otro. Algunos fueron a la China y otros al sudeste asiático. Mi madre, que debió desprenderse de sus cuatro hijos mayores, hizo un esfuerzo por no hacer visible su dolor, pero a partir de entonces comenzó a envejecer rápidamente.

Entonces comenzaron los bombardeos y las incursiones aéreas sobre Tokio. Me afligía ver sufrir a mi madre… Pensando que de algún modo eso la protegería, siempre llevaba conmigo el trozo de espejo, cuidadosamente envuelto dentro de mi camisa, en esos días en que debíamos correr sorteando las bombas que caían alrededor de nosotros.

Al término del conflicto, cuando nos notificaron oficialmente que mi hermano mayor había muerto en combate en Birmania (Myanmar), pensé en ese trozo de espejo que, como bien sabía, mi hermano llevaba consigo en el bolsillo de su uniforme. Lo imaginaba, entre combate y combate, mirándose el rostro sin rasurar y pensando con añoranza en nuestra madre y en el hogar que había dejado. Podía imaginar sus sentimientos porque yo mismo, igual que él, guardaba con afecto el otro fragmento. Al enterarme de su muerte, desenvolví el mío y pensé en mi hermano…

En los años de inestabilidad y de posguerra que siguieron, dejé la casa paterna y me fui a vivir solo en un diminuto apartamento de un ambiente. Era una pieza desnuda y diríase espartana, sin siquiera un espejo, pero yo había llevado conmigo ese pequeño trozo roto que guardaba en el cajón de mi escritorio. Debo decir que me prestó un buen servicio en esos tiempos. Todas las mañanas, antes de ir a trabajar, gracias a él pude mirar mi rostro enjuto, rasurarme, peinarme y ponerme fijador en el cabello. Esos breves minutos en que, todos los días, sostenía el espejo roto en la mano, pensaba en mi madre e inconscientemente dejaba que mi corazón susurrase: «Buen día, mamá».

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En 1952, cuando mi esposa y yo nos casamos, ella trajo consigo un tocador. A partir de ese momento, comencé a mirarme en el espejo nuevo.

Un día, vi a mi esposa que miraba intrigada el cristal roto. Debe haber pensado que era algo viejo y sin valor que ni siquiera llamaría la atención de un niño como juguete. Cuando entendí que mi espejo podía acabar en cualquier momento en el cubo de la basura, decidí contarle la historia que lo acompañaba, el lazo que tenía ese objeto con mi madre y con mi hermano muerto en la guerra.

Entonces ella consiguió una pequeña caja de madera de paulonia y lo guardó para que no se extraviara. Hasta el día de hoy, sigue a salvo en el recipiente.

Hasta la vieja estilográfica de algún gran escritor despierta la fascinación de la gente, que ve en ella los secretos de las obras maestras escritas por el autor con esa pluma.

Mi trozo de espejo contará eternamente la historia de esos días de mi juventud, tan difíciles de describir, las plegarias de mi madre y el triste destino de mi hermano mayor.

Del ensayo «Un fragmento de espejo», inicialmente publicado en japonés en noviembre de 1968.

Sabiduría para ser feliz y crear la paz es una selección de las obras del presidente Ikeda sobre temas clave.