Parte 1: La felicidad; Capítulo 5:
Convertir las aflicciones en felicidad [5.9]

5.9 El invierno siempre se convierte en primavera

El presidente Ikeda nos alienta a contemplar el porvenir con confianza y determinación.

Nichiren Daishonin escribe: «El invierno siempre se convierte en primavera».1 Los que creen en el Sutra del loto —señala— parece ser rigurosa como el invierno, pero el invierno sin falta da paso a la estación vernal.

Esta frase del Daishonin ha permitido a incontables personas perseverar y abrirse paso hacia un renacimiento primaveral de su vida. Es una de nuestras guías eternas; y su mensaje, sin duda, seguirá impartiendo esperanza ilimitada en el futuro a miles y millones de habitantes de este mundo en busca de la verdadera felicidad. En tal sentido, consideremos el inmenso amor compasivo que está plasmado en estas palabras del Daishonin.

Este texto lo escribió como aliento a la monja laica Myoichi, cuyo esposo había sido un practicante de firme fe. Después de la persecución de Tatsunokuchi, el hombre había perdido los feudos que administraba como castigo por su fe en las enseñanzas del Daishonin. Las personas honradas muchas veces suelen ser perseguidas, justamente por estar en el camino correcto; es una lamentable característica de este mundo corrupto, presente en toda época o lugar. El esposo de la monja laica Myoichi —un creyente sincero y devoto hasta su último instante— había fallecido cuando el Daishonin se encontraba desterrado en la isla de Sado dejando sola a su mujer, ya mayor y frágil de salud, al cuidado de un hijo enfermo y de una hija.

El Daishonin tenía plena conciencia de la situación en que se encontraba su seguidora. En su carta, imagina cuánto habrá afligido a su esposo tener que dejarla viuda a cargo de los hijos, cuánto lo habrá preocupado pensar en la suerte de su familia cuando él ya no estuviera cerca, y cuánto también se habrá desvelado pensando en el destino del Daishonin.2

Como mencioné, el esposo de Myoichi había visto al Daishonin marchar a la gélida isla de Sado para cumplir su destierro, sabiendo que casi ningún exiliado regresaba de ese lugar con vida. Tiene que haber sentido una enorme preocupación y tristeza por su maestro.

Al pensar en ese valiente discípulo que había fallecido en un período de severas hostilidades, el Daishonin escribe:

Quizá su marido haya sentido que algo iba a suceder, y que este sacerdote [es decir, Nichiren] llegaría a ser muy respetado. Cuando me exiliaron, en contra de sus expectativas, tiene que haberse preguntado por qué el Sutra del loto y las diez demonios3 permitían que sucediera algo semejante. ¡Si aún viviera, qué feliz se sentiría de saber que Nichiren ha sido perdonado!4

Como indican este y otros pasajes, muchos de los discípulos del Daishonin habían esperado que su maestro alcanzara una posición de honor y de reconocimiento. Pero la realidad es que, lejos de eso, su vida era una sucesión de ataques insidiosos. La gente hacía escarnio de él, lo difamaba y lo sometía a toda clase de maltratos. Algunos de sus seguidores habían creído que, de la mano de un maestro como el Daishonin, cosecharían ascendiente social. Cuando sus cálculos resultaron errados, abandonaron la práctica o se sumaron a las filas de sus detractores. Conspiraron con las autoridades y tramaron en secreto perjudicar a su antiguo mentor y a sus seguidores.

Y sin embargo, aun en esta situación, el esposo de Myoichi se mantuvo fiel a sus convicciones. Es lógico suponer que, así como soñaba con el regreso triunfal del Daishonin, también la traición y la mezquindad de los practicantes renegados lo hayan indignado, sumándole un profundo disgusto.

El Daishonin sabía qué congojas e inquietudes rondaban en la mente de sus discípulos. Tenía plena conciencia de todos estos aspectos. Se negaba a transigir con el error y la injusticia, ni siquiera en lo más mínimo, y por eso no tenía reparos en confrontar cualquier persecución que surgiera.

Así pues, escribe que el difunto esposo de Myoichi sin duda estaría dichoso de saber que él había regresado a salvo de la isla de Sado, en contra de las suposiciones de todos. Este pasaje transmite con vehemencia el deseo de que su fiel seguidor —infaltable camarada en las buenas y en las malas— pudiera ser testigo de su victoria y alegrarse junto a él.

En la misma carta a su viuda, le escribe que su esposo se mostraría complacido de saber que las predicciones de Nichiren acerca de la invasión mongola se habían hecho realidad. Si bien una incursión extranjera, por supuesto, era una tragedia para el país, esa reacción de un discípulo era comprensible y propia de la naturaleza humana; afirma que así es «el sentimiento de la gente».5

Al leer una carta tan emotiva, la monja laica Myoichi tiene que haber sentido en su fuero interno la voz de su maestro diciéndole: «Estamos unidos, en el gozo y en la desdicha».

Las palabras del Daishonin, «El invierno siempre se convierte en primavera», aluden a la adversidad mencionada, como si alentara a su discípula diciéndole: «El fallecimiento de su esposo fue como un “invierno”. Pero ahora ha llegado una nueva estación, y el invierno siempre se convierte en primavera. ¡Viva al máximo hasta el último de sus días! Quienes mantienen fielmente la práctica budista sin falta lograrán la budeidad. Será feliz, pase lo que pase. Su esposo estará velando por usted y por su familia».

Además, el Daishonin pone de manifiesto su gran amor compasivo asegurándole a la monja laica que él cuidaría incluso de sus hijos si ella, por algún motivo, se viera impedida de hacerlo.6 Esta infinita consideración y calidez de su naturaleza humana son la savia vital de bondad que caracteriza al budismo de Nichiren Daishonin. No se advierte en él ni la menor traza de autoritarismo. ¡Qué maravilloso!

Las palabras «el invierno siempre se convierte en primavera» también expresaban su propia convicción y su prueba personal de victoria, habiendo superado las circunstancias más desoladoras en su frío destierro.

El Daishonin enfrentó una persecución tras otra… Nadie podría haber resistido penurias tan dolorosas sin la fuerza espiritual del estado de buda. La mayoría de la gente, en circunstancias como las suyas, habría enfermado o enloquecido, o incluso se habría quitado la vida. Pero el Daishonin triunfó sobre todas las circunstancias y sobrevivió. En bien de la humanidad, transmitió el budismo de las tres grandes leyes secretas para el eterno futuro del Último Día de la Ley. Debemos tomar profunda conciencia de su inmenso amor compasivo.

Sin duda, la monja laica Myoichi se habrá sentido hondamente conmovida por el mensaje del Daishonin, quien pedía a sus seguidores que observaran su ejemplo triunfal de haber convertido «el invierno en primavera», y lo adoptaran como modelo, cada uno en sus circunstancias personales.

Nosotros también necesitamos lograr esa «primavera victoriosa de felicidad», en bien de los compañeros de fe que han venido esforzándose a nuestro lado durante tantos años. Debemos dar un ejemplo, para que las personas que sigan nuestras huellas exclamen: «¡Qué maravilla! ¡Los que mantienen la práctica budista sin falta llegan a ser personas excepcionales y a tener una vida admirable de felicidad!».

En los últimos diez años, he obtenido una «primavera de triunfos» que nadie podría haber imaginado. Todo se ha debido a mi compromiso puro y sincero de obrar así por el kosen-rufu y por mis camaradas de fe.

Los miembros veteranos tienen la responsabilidad de mostrar pruebas de victoria a todos los compañeros que han venido trabajando valientemente por el kosen-rufu al lado de ellos. Y cuando hablo de «victoria», por supuesto, no me refiero a los reconocimientos mundanos ni a los honores externos y pasajeros. La verdadera victoria es el silencioso y genuino desarrollo humano de los que han cumplido cabalmente su misión como personas y como budistas.

La primavera es la temporada en que se abren las flores fragantes. Pero, para florecer, las plantas necesitan tener contacto con el frío del invierno. ¿Qué sucedería si no existiera la estación invernal?

Las plantas que florecen en la época vernal experimentan, durante el otoño, una fase de preparación y de repliegue energético. Recargan fuerzas para la primavera siguiente. Si en ese período de recarga se registrara una ola de calor que las «despertara», las yemas de las flores, en vez de esperar la primavera, empezarían a abrirse cuando todavía no están preparadas. Y el frío del invierno las mataría. Para que eso no ocurra, las plantas esperan pacientemente el ciclo de recarga durante todo el otoño, y pasan el invierno sin follaje. Es la «sabiduría» de las plantas, que les permite estallar de vida y de color cuando llega la primavera.

Este principio también se aplica a la práctica budista y a la vida. Los inviernos de adversidad son momentos propicios para recargar las baterías y templarnos de cara a la primavera de victorias que está por llegar. En los inviernos de la vida, uno acumula la energía eterna e indestructible que hace posible el logro de la budeidad y una fuerza vital tan inmensa como el vasto universo. Esta energía, además, crece en respuesta a la adversidad y a las dificultades. Todos los que siguen la enseñanza correcta del budismo, sin falta, gozarán de una magnífica primavera.

Pero si en los crudos inviernos de la vida esquivamos esa instancia donde se forja nuestra fe, o bien albergamos dudas y no acumulamos buena fortuna o fortaleza suficientes, todo quedará a medias; jamás obtendremos satisfacción verdadera en la vida. Lo fundamental es cómo habremos de esforzarnos y con qué profundidad emplearemos el tiempo durante los inviernos adversos de la vida; lo importante es hasta dónde podremos forjar nuestra certeza de que la primavera llegará, sin falta. En la naturaleza, la floración vernal siempre ocurre cuando llegan los meses propicios. Así es el ritmo de la vida y del universo. Pero muchas personas en este mundo siguen experimentando el rigor del invierno cuando llegan al final de su vida. Para evitar ese destino, necesitamos alinear nuestra vida individual con el ritmo del universo, que es el que marca la llegada de la primavera. Nuestra práctica de la Ley Mística es lo que nos permite establecer esa sincronía.

En tal sentido, la fe correcta funciona como un par de alas con las cuales volar en línea recta hacia la felicidad. Cada vez que superamos problemas, acumulamos buena fortuna y elevamos nuestro estado de vida. Cuando logramos la budeidad en esta existencia, podemos volar majestuosamente por el cielo infinito de la vida, envueltos en total satisfacción a lo largo del pasado, presente y futuro. Así es el ritmo de la vida y así es la enseñanza del budismo.

Del discurso pronunciado en una reunión de la sede central de la Soka Gakkai para responsables, en Tokio, el 29 de abril de 1990.

La «sabiduría para ser feliz y crear la paz» es una selección de las obras del presidente Ikeda sobre temas clave.

  • *1El invierno siempre se convierte en primavera, en END, pág. 560.
  • *2Véase ib.
  • *3Diez demonios: Diez deidades protectoras que aparecen en el capítulo «Dharani» (26.º) del Sutra del loto como las «hijas de los demonios rakshasas» o como «las diez hijas de los rakshasas». Juran resguardar y proteger a los devotos del sutra.
  • *4El Daishonin había sido indultado el año anterior, en marzo de 1274, y en momentos de escribir esta carta —El invierno siempre se convierte en primavera, fechada en mayo de 1275—, se encontraba viviendo en Minobu. Con respecto a la cita, véase END, pág. 560.
  • *5El invierno siempre se convierte en primavera, en END, pág. 561.
  • *6Véase ib.