Parte 1: La felicidad; Capítulo 10:
La alegría en la vida y en la muerte [10.5]

10.5 Disfrutar de alegría en la vida y en la muerte

En referencia a la visión budista sobre la vida y la muerte, tema de su conferencia de 1993 en la Universidad de Harvard —titulada «El budismo Mahayana y la civilización del siglo XXI»—, el presidente Ikeda afirma que quienes dedican su existencia al kosen-rufu y establecen un estado de felicidad absoluta pueden recorrer un camino imbuido de alegría, tanto en la vida como en la muerte. Al término de este apartado se incluye una parte de dicha conferencia.

Me han invitado en dos oportunidades (en 1991 y en 1993), a disertar en la Universidad de Harvard, una de las instituciones académicas más prestigiosas de los Estados Unidos. En mi segundo discurso, me referí a la visión budista sobre la vida y la muerte, que propone experimentar ambas fases de la existencia con profunda alegría.

El doctor Harvey Cox, quien en ese momento presidía el Departamento de Teología Aplicada de Harvard, comentó que mi conferencia había ofrecido a los presentes una perspectiva completamente nueva sobre la muerte.

Morir no es el final de todas las cosas; el nacimiento y la muerte son aspectos de la eternidad de la vida. El ciclo de nacimiento y muerte, regulado por la Ley Mística, es una saga cuya dinámica fluye sobre el inmenso escenario de la vida eterna. Cuando nos dedicamos a trabajar por el kosen-rufu, podemos afianzar un estado de felicidad absoluta en esta vida y experimentar con alegría tanto la fase de existencia como la de latencia.

Este planeta Tierra no es el único lugar donde podemos nacer. En el vastísimo universo —y en esto coinciden numerosos científicos— hay innumerables planetas aptos para albergar vida. El Sutra del loto describe una visión grandiosa y amplia de la vida cósmica, con una cantidad infinita de mundos en los cuales residen seres vivos. Esta perspectiva está siendo cada vez más ampliamente aceptada por la astronomía contemporánea. Según el sutra, puede haber planetas cuyas formas de vida son solidarias y virtuosas, y otros, como la Tierra, donde la vida también se expresa en estados egoístas y dañinos. Puede haber mundos donde los seres son longevos, tienen organismos funcionales y saludables, y conviven en feliz armonía, disfrutando de bellas resonancias desde el alba hasta el anochecer.

Cuando las funciones de nuestra vida psíquica o anímica están en sincronía con las funciones del universo, podemos nacer en cualquier lugar donde queramos y con cualquier forma que nos resulte conveniente. El Sutra del loto dice que podemos «elegir libremente donde naceremos».1 Esta es la esencia del budismo.

El presidente Toda solía comparar la muerte con las horas de sueño. A menudo nos decía que así como a la mañana despertamos renovados y revitalizados después de un buen descanso durante la noche, los que fallecen habiendo entonado Nam-myoho-renge-kyo toda su vida pueden, después de un período de reposo, volver a nacer para sumarse a la comunidad de personas que dedican la vida al kosen-rufu.

En sus escritos, Nichiren Daishonin reiteradamente brinda orientación sobre el momento de la muerte. Uno de ellos dice:

¡Cómo contener las lágrimas ante la dicha indescriptible de saber que no sólo uno o dos, no sólo cien o doscientos, sino nada menos que mil budas nos darán la bienvenida con los brazos abiertos!2

*

[S]in falta estaré a su lado cuando llegue para usted la hora de morir, y lo guiaré en el tránsito hacia la próxima existencia.3

*

[Su esposo] fue un buda mientras vivió y lo es ahora que ha fallecido. Ha sido un buda en la vida y sigue siéndolo en la muerte. A eso se refiere la importantísima doctrina sobre el logro de la Budeidad con la forma que uno posee.4

Muchos de los escritores y pensadores más grandes del mundo han coincidido en postular la eternidad de la vida. Su forma de pensar tiene mucho en común con la perspectiva del budismo.

Uno de ellos fue León Tolstói. En 1907, a los 79, pocos años antes de fallecer, escribió: «La vida es alborozo, y la muerte también lo es».5 Estas palabras expresan el estado de conciencia inamovible que Tolstói había sido capaz de cultivar a fuerza de superar continuas vicisitudes.

El eminente historiador británico Arnold J. Toynbee también tenía gran afinidad con la visión budista sobre la vida.

Nosotros hemos adoptado la fe en la enseñanza más suprema del budismo, tan valorada por las mentes más lúcidas de nuestro mundo; esa es la filosofía que practicamos y que propagamos activamente. No hay forma más espléndida de vivir.

Del discurso pronunciado durante una sesión de capacitación conjunta, en Nagano, el 19 de agosto de 2005.

Lectura complementaria

Fue el filósofo griego Heráclito quien afirmó, que todo estaba sometido a un fluir constante y que el cambio constituía la naturaleza esencial de las cosas. En verdad, todo cambia continuamente, a cada momento, se trate del mundo de los fenómenos naturales o de los asuntos humanos. Nada conserva el mismo estado invariable, ni siquiera al cabo de un brevísimo instante: hasta las rocas y los minerales de aspecto más compacto y sólido están sujetos a la erosión del tiempo. Pero, en este siglo de guerras y de revolución, el proceso normal de cambio parece haber adquirido una magnitud y una velocidad apabullantes. A decir verdad, hemos sido testigos de las transformaciones sociales más extraordinarias.

El budismo denomina «transitoriedad de todos los fenómenos» (shogyo mujo, en japonés) a este aspecto efímero de la realidad. En la cosmología budista, la idea se describe como un ciclo incesante de formación, continuidad, declinación y desintegración, por el que pasan todos los sistemas.

En nuestra vida como seres humanos, experimentamos dicha transitoriedad por medio de cuatro aflicciones: el sufrimiento de nacer (que trae consigo el dolor de la existencia cotidiana), el sufrimiento de la enfermedad, el de la vejez y, por último, el de la muerte. Ningún ser humano puede considerarse exento de estas experiencias «traumáticas». Podría decirse que la angustia y, en especial, el problema de la muerte fueron lo que condujo a la formación de los sistemas filosóficos y religiosos.

Se dice que Shakyamuni se sintió compelido a buscar la verdad a partir de una serie de encuentros accidentales con estos sufrimientos, cuando traspuso los portales del palacio en que había sido criado. Platón señaló que los auténticos filósofos siempre abordaban la cuestión de la muerte. Y Nichiren, fundador de la escuela de budismo en la cual basa sus actividades la Soka Gakkai Internacional, nos aconseja primero estudiar la muerte, antes que cualquier otro asunto.6

Esta cuestión pende gravemente sobre el corazón del hombre, cual recordatorio ineludible de la naturaleza finita que posee nuestra existencia. Y por ilimitados que parezcan ser los poderes o la riqueza que el ser humano es capaz de acumular, hay algo que se presenta como una certeza y es la seguridad de que habremos de morir algún día. Consciente de su propia mortalidad, el género humano ha tratado de controlar el temor y la aprensión que circundan la muerte, buscando formas de participar en lo eterno. Gracias a esta búsqueda, el hombre aprendió a trascender las formas instintivas de vivir y desarrolló, precisamente, las cualidades que hoy adscribimos al «espíritu humano». Este enfoque nos permite comprender por qué la historia de la religión obviamente coincide con la historia de la humanidad.

La civilización moderna se ha dedicado a ignorar la muerte; hemos apartado la mirada de este problema fundamental. El tránsito final, cubierto bajo un manto de sombras, pasó a contarse entre las cosas aborrecibles. Para la humanidad moderna, la muerte es la simple ausencia de vida, el vacío, la nada. La vida pasó a identificarse con lo bueno, lo que existe, lo racional y la luz; y la muerte solo es el mal, la nada, lo irracional y lo tenebroso. Desde todo punto de vista, lo que prevalece es una percepción negativa de la muerte.

No obstante, ¿cómo ignorarla? La disolución física, imposible de negar, le ha cobrado un agobiante precio a la humanidad moderna. La tónica horrenda y paradójica de esta civilización es lo que Zbigniew Brzezinski ha dado en llamar el «siglo de la megamuerte». En lo concreto e inmediato, una serie de retos de variada índole sugieren la necesidad de evaluar y reexaminar el auténtico significado de la muerte. Me refiero a temas candentes como la muerte cerebral, el derecho a morir con dignidad, la atención de los enfermos con cuadros terminales, la diversidad de las prácticas funerarias y las investigaciones sobre la muerte que han llevado a cabo autores como Elisabeth Kübler-Ross.

La humanidad parece estar a punto de reconocer, por fin, el error fundamental de las nociones que veníamos albergando sobre la vida y la muerte; parece dispuesta a comprender que el morir es más que la ausencia de vida; que la muerte —junto con la vida activa— es necesaria para la formación de un todo más grande y esencial. Ese todo más amplio que menciono refleja la profunda continuidad de la vida y la muerte que experimentamos como individuos y expresamos mediante la cultura. Uno de los desafíos más imperiosos que nos aguardan en el siglo venidero es establecer una cultura basada en la comprensión de la vida y la muerte, y en la eternidad esencial de la vida. Semejante actitud no implica desestimar la muerte, sino enfrentarla en forma directa, para situarla dentro del contexto más amplio de la vida.

El budismo habla de una naturaleza intrínseca, que en japonés se denomina hossho y, a veces, se traduce como «naturaleza del Dharma». Dicha naturaleza —que existe en las profundidades de la realidad fenoménica, depende de las condiciones ambientales y responde a ellas— manifiesta estados alternos de aparición y de latencia. Todos los fenómenos —entre ellos la vida y la muerte— pueden ser vistos como fases cíclicas de aparición (en el estado manifiesto) y de replegamiento (al estado de latencia).

Los ciclos de vida y muerte se asemejan a los períodos alternos de sueño y de vigilia. La muerte, de tal forma, puede ser concebida como una fase de descanso y recuperación antes de una nueva vida, así como el sueño nos prepara para las actividades del día siguiente. Cuando uno logra ver la muerte desde esta perspectiva, lejos de repudiarla encuentra en ella, al igual que en la vida, un beneficio digno de apreciar. El Sutra del loto, esencia del budismo Mahayana, señala que el propósito de la existencia, del ciclo eterno de vida y muerte, es «sentirnos felices y en paz». Además, enseña que la fe y la práctica constantes nos permiten experimentar no solo en la vida, sino también en la muerte, una profunda e intensa alegría; es decir, sentirnos igualmente «felices y en paz» tanto en una como en otra fase de la existencia. Nichiren describe el logro de este estado como «la mayor de todas las alegrías».7

Si las tragedias de este siglo de guerras y de revolución nos han dejado alguna enseñanza, creo que esta ha sido la futilidad de atribuir la causa de la felicidad humana a la mera reforma de factores externos, como, por ejemplo, los sistemas sociales. Estoy convencido de que, en la centuria venidera, se dará prioridad al cambio interior, inspirado en una nueva comprensión de la vida y de la muerte.

De la conferencia en la Universidad de Harvard titulada «El budismo Mahayana y la civilización del siglo XXI», en los Estados Unidos, el 24 de septiembre de 1993.

La «sabiduría para ser feliz y crear la paz» es una selección de las obras del presidente Ikeda sobre temas clave.

  • *1Véase El Sutra del loto, cap. 10, pág. 161.
  • *2La herencia de la Ley suprema de la vida, en Los escritos de Nichiren Daishonin (END), pág. 227.
  • *3Persecución con palos y espadas, en END, pág. 1010.
  • *4El infierno es la Tierra de la Luz Tranquila, en END, pág. 478.
  • *5TOLSTOI, León: Torusutoi zenshu (Obras Completas de Tolstoi), Tokio: Iwanami Shoten, 1931, vol. 21, pág. 408.
  • *6Véase The Importance of the Moment of Death (La importancia del momento de la muerte), en The Writings of Nichiren Daishonin, vol. 2, pág. 759.
  • *7Registro de las enseñanzas transmitidas oralmente, pág. 212.